lunes, 3 de junio de 2024

Gol gana.

Uno crece, no hay mucho misterio ahí. Se estira, se ensucia, se rompe, se arma, y de pronto despierta un día con la certeza irrefutable de que ya no es el chiquillo que jugaba “gol gana” con pantalón corto y rodillas peladas.

Pero hay barrios (como uno donde viví) donde uno no siempre crece en línea recta, sino a golpes, empujado por las circunstancias, moldeado a la fuerza por la sociología más salvaje que existe: la calle.

En algunos distritos o zonas de Lima, la calle nunca es solo calle, muchas veces es teatro, es ring, es universidad, es burdel, es capilla. A veces todo al mismo tiempo y así entendí que uno no siempre madura; uno se endurece.

Parte de mi infancia, mi barrio fue La Huaca Rosada (esa reliquia prehispánica convertida en vaticano pagano) era el mejor refugio que muchos podríamos pedir. Ahí estudiábamos sociología sin saber pronunciarla: los códigos del miedo, los silencios, el temperamento de los padres borrachos, el olor del PBC mezclado con bizcochos de la panadería del tío Víctor y la ética de sobrevivir sin llorar mucho.

En ese barrio convivíamos diversas personalidades sin pudor, allí estábamos:

  • Los niños del parroquial, de chaleco azul marino y cuadernos forrados.
  • Alumnos de colegio particular y nacional.
  • Los chicos adinerados, con zapatillas importadas y loncheras empaquetadas.
  • Por otro lado, los de la zona movida, los que desde los 10 ya sabían identificar el olor del PBC antes que el de un sándwich mixto.

Y aun así todos jugábamos juntos, sin roches. La democracia perfecta del barrio era: si sabías patear, tumbar o correr, estabas adentro. Punto.

Yo era (según decían) el tranquilo.
¡Sí, ese!
El que hacía las tareas, el que sacaba buenas notas, el que otros papás elogiaban.

Y aun así, por algún extraño magnetismo, pasaba más tiempo sentado con los chicos ojerosos, los que hablaban de sus casas como trincheras, los que ya conocían las palabras prohibidas que los padres fingían no escuchar.

Quizá ahí empezó cierta vocación escuchando a los que nadie oía, entendiendo códigos que ningún hermano o sacerdote parroquial quería admitir que existían, navegando entre dos mundos que parecían opuestos pero que se tocaban por debajo como amantes prohibidos.

Y como en toda infancia, estaban los personajes que marcarían la generación.

Pepe: El líder natural.
Hermoso, insolente, con esa sonrisa que te hacía creer que no le temía a nada porque, de hecho, no le temía a nada.
Si Lima tuviera bandera propia, sería Pepe sosteniéndola con los brazos abiertos, sudado, victorioso después de una pelea en la pista.

Juan Diego: El hermano menor.
El sensato, el que calculaba el riesgo, el que sabía cuándo correr y cuándo quedarse.
La conciencia moral que nadie escuchaba, pero todos necesitaban.

Julián: El atleta.
Con piernas hechas para escapar de la mediocridad.
Si hubiera nacido en otro país, quizá ya tendría una estatua; aquí solo tenía una jauría de chicas detrás y un futuro pendiente de un hilo llamado “suerte”.

El Titi: El villano oficial.
Flaco, nervioso, siempre con hambre y siempre con odio.
Fumaba desde los doce, robaba desde los diez y parecía estar en guerra con un enemigo que solo él veía.
Más adelante sabríamos su tragedia (o quizás su destino) pero en ese momento era el antagonista perfecto.

Gerson: El pituco camuflado.
Casaca Tommy, pelito peinado, olor a colonia cara.
Jugaba tenis según su mamá y guerra urbana según nosotros.
Nunca lo admitió, pero él necesitaba más que nadie ese barrio que intentaba ocultar.

El Chato: Amigo y vecino.
Pertenecía a la liga juvenil de básquetbol.
Pandillero nato, era por quién más tuvimos problemas con otros barrios.
Dueño de la pelota de tenis que ahora me hace reconocer un síntoma a los diez años.

Y estaba Alberto.
Mi hermano mayor sin trámite notarial.
Mi padrino secreto.
El único que entendía mi ansiedad cuando ni yo sabía que se llamaba así.

Yo era el que observaba todo.
El que entendía.
El que iba recogiendo sobre pensando desde pequeño, quién sin querer ya se iba preocupando porque cosas ajenas a su edad.

 

La pelota de tenis (síntomas prematuros)

 

Tenía once años cuando ocurrió mi primer síntoma infantil.
Perdí la pelota del Chato.
Sí, una simple pelota verde.
Pero el Chato la reclamó con gritos, amenazas y mirada de “te saco la mierda”.

Yo sabía que no me pegaría (ya le había ganado antes).
Eso podía aguantarse.
Pero mi ansiedad no sabía eso.

Caminé a casa con el estómago encogido, el pecho inflado a pulso perdiendo la respiración constantemente, imaginando mil formas de devolverle esa pelota.

Llegué a casa a las ocho, sin hambre, con la cara que cualquier madre decente reconoce como: “algo le pasó a mi hijo”.
No dormí.
Solo fabriqué escenarios catastróficos en mi cabeza.

A la mañana siguiente apareció Alberto.
Había visto todo.

- Oye, tu hermano tenía una pelota en su mochila - me dijo-. No es del mismo color, pero sirve.
Yo le confesé que había llorado toda la noche.
Él me abrazó.
-  Acá voy a estar pa’ ti, huevón - dijo con esa mirada áspera que solo dan los adolescentes buenos en barrios malos.

No era la primera vez.
No sería la última.

 Cuando mis patines se rompieron antes de la carrera por la Medalla Milagrosa, él me dio los suyos fingiendo que ya no le quedaban.

 Y como si fuera poco, juntos, sobre la longboard, atravesamos peligros, callejones, perros rabiosos y vacíos existenciales hasta que un día dejamos el barrio de la pelota para movernos a otros circuitos sociales.

 La longboard nos sacó de la Huaca por la puerta falsa.

 Alberto abrió ese camino.
Yo solo lo seguí.
 
Hoy, cuando lo pienso, duele.
Duele feo.
Porque ya no está.

 Y lo extraño demasiado.

 

Entre los 11 y 14 todo cambió.

El fútbol todavía importaba, sí, pero ya no tanto como las miradas largas, los cuerpos, las hormonas traicioneras.

En la Huaca, las noches olían distinto.
Había peligro, sí, pero también había algo excitante.

Ese “algo” que te hacía caminar más lento cuando pasaba la chica de la cuadra tres o cuando uno de la hermana de tus propios amigos caminaba cerca y te dabas cuenta (sin querer admitirlo) de que estabas mirando demasiado.

 Nos hicimos hombres a empujones.

Con culpa, curiosidad, miedo y deseo mezclados en un cóctel tóxico y delicioso.
Y en esa mezcla uno descubre cosas: quién eres, quién no eres, quién finges ser, quién no te atreves a admitir que quieres ser.
 
Algunos experimentaron temprano.
Otros se escondían.
Otros mentían mejor.

 

 

Tenía 14.

Era uno de esos veranos interminables en los que el cielo es gris pero igual hace calor.

Estábamos los de siempre en la esquina, bebiendo una gaseosa Lulu de dos litros que sabíamos que alguien no había pagado.

 El Titi llegó con su cortejo de buscavidas.

Había humo, había malas intenciones.
 
- ¿Qué fue, monses? - dijo él, cargando el insulto como una piedra lista para lanzar.

Pepe no retrocedió. Nunca lo hacía.

 - Búscate un escenario más grande, Titi. Aquí estamos conversando.
 - Ah, sí? ¿Y quién te dio permiso de hablar?
 
Pero el problema no era la frase.
Era el tono.
Ese tono que solo usan los hombres que quieren recordar que pueden destruirte.
 
Lo que vino después fue inevitable.
Golpes, tierra, gritos.
Julián lanzándose como si fuera la final de la Libertadores.
Juan Diego intentando separar.
Gerson llorando sin que nadie lo note.
Yo, el tranquilo, recibiendo una patada que hasta ahora siento en los sueños.
 
Y sobre todo…
esa sensación de haber cruzado un umbral del que ya no se vuelve.
 
Ese día comprendí que todos éramos huérfanos de algo.
 
El padre del Titi apareció.
Borracho.
Gritando.
Pegándole ahí, delante de todos.
 
Nadie habla de eso, pero ese día todos supimos que el villano también tenía su propio villano.
Y creo que fue ahí donde probablemente mi vocación se volvió irreversible.
Yo no quería salvar al mundo, no soy tan ingenuo.
Quizás yo quería entenderlo.
Descifrar y entender ese grado emocional del dolor ajeno.
Encontrar de dónde vienen las sombras que se adhieren al cuerpo como un tatuaje involuntario, 

Nadie es malo porque sí.
Siempre hay un infierno detrás.

Ese día nos marcó a todos y muchos nos aislamos.
 
Alberto siguió siendo mi ángel callejero unos años más.
Él fue quien me sacó de la Huaca sin violencia, sin sermones, sin promesas:
solo rodando.
Porque la longboard fue nuestra fuga elegante.

Mientras otros se quedaban atrapados en la cancha de tierra, nosotros aprendíamos a movernos por circuitos más grandes, más abiertos, donde el barrio ya no nos definía tanto. La tabla nos llevó a otros parques, otras amistades, otras conversaciones donde nadie nos gritaba “conchesumadre” desde la ventana de un tercer piso. (qué ricos recuerdos)

La Huaca dejaba de ser patria y se convertía en recuerdo.
Y ese tránsito (ese tránsito exacto) fue mi primera experiencia de ascenso social, aunque fuera emocional.
Y como pasa con todo lo importante, cuando desapareció, no me di cuenta de inmediato, pero se sintió. Porque hay ausencias que pesan más que todas las presencias juntas.

 

Crecimos todos, pero cada uno por su lado.

- Pepe terminó de actor, más fotogénico que sensato.
- Julián llegó a la liga profesional y solicitado en el extranjero; ahora nos reúne para aportar en las chocolatadas de nuestro ex barrio.
- Gerson se casó con una chica de la tele.
- El Titi… bueno, no todos pueden salvarse.
- Y Alberto… Alberto será otra historia. La más dura. La más verdadera.


Yo terminé estudiando psicología. Tal vez siempre estaba la vocación, desde los diez, cuando buscaba comprender por qué un chato gritón podía arruinarme el sueño o por qué un amigo que me protegía podía desaparecer tan pronto.

Al final, la Huaca no fue solo un barrio.
Fue un manual de supervivencia.
Crudo, obsceno, luminoso, violento, triste y maravilloso.

Y aquí estoy, escribiendo esto como quien abre una ventana en plena madrugada, esperando que entre un soplo de aire, aunque sea un poco.

Porque uno puede crecer en cualquier parte de Lima.
Pero ser formado por un barrio particular es otro nivel de educación.
Una que no perdona, pero tampoco traiciona.
Una que te acompaña para siempre, como una sombra fiel.
Y de algún modo, escribir esto es volver.
Volver para entender.
Volver para despedirme.


Y entender esa frase que me pertenece: 
Gol gana.

Porque en la vida, igual que en el barrio, uno nunca sabe cuándo se acaba el partido. Ni quién mete el último gol. Ni si el árbitro existe.

Pero hay que jugarlo igual.
Con miedo.
Con sudor.
Con ironía.
Con cicatrices.
Y con una sonrisa terca, de esas que aprendí en el barrio donde crecí.