viernes, 14 de noviembre de 2025

Noviembre, las cartas que nunca envié (2)

 

A veces pienso que si alguien leyera mis notas, todas esas cartas que nunca envié, terminaría convencido de que necesito terapia urgente. Y quizá tendría razón. Pero tampoco es que uno pueda psicoanalizarse frente al espejo sin sentirse un poco idiota.

Además, ¿qué psicólogo se recetaría a sí mismo “dos noches de honestidad brutal y una taza de cinismo antes de dormir”? Solo yo, por supuesto. Cada quien salva lo que puede.

Esa noche, la de la alergia impertinente y November Rain de fondo, dejé el celular sobre el pecho, como si fuera un desfibrilador emocional, listo para revivirme cada vez que se me muere algo por dentro. Y se me mueren cosas con facilidad: entusiasmos, promesas, ganas de madrugar.

Ahí, medio derrotado por la humedad de San Miguel y mi propia estupidez sentimental, me pregunté por qué sigo escribiendo. Por qué sigo guardando cartas como si fuesen piezas de museo, reliquias de un yo que se enamora fuerte y se olvida lento.

—¿Y qué buscas? — me preguntó la voz interna, tan sardónica como siempre.
—No lo sé. Tal vez entenderme.
—¿Y lo logras?
—Jamás.
—Perfecto. Entonces sigue. Nadie escribe porque se entiende a sí mismo.
—Cierto — dije— Sería aburridísimo.

Volví al bloc de notas.
Abrí un texto que empezaba con un “perdón” y terminaba con un “cuídate mucho”.
Qué elegante fui incluso en mis derrumbes.
Un caballero del auto sabotaje.

Hoy, que estoy a semanas de mi cumpleaños,  fecha que parece perseguirme como un recordatorio de que sigo vivo, pero no sé si mejor— me pregunto si debería hacer el ritual anual: borrar algo. Limpiar algo. Reinventarme un poquito.

Pero no lo haré.
No todavía.

Porque en el fondo, esas cartas guardadas son mi forma de quedarme con algo de lo que fui.
No por nostalgia.
Sino por documentación: como un arqueólogo emocional que guarda pruebas de sus catástrofes para evitar repetirlas… aunque igual las repita.

—¿Sabes qué deberías hacer? —dice mi voz, insolente.
—¿Qué?
—Escribir menos.
—Imposible —  me respondo —. Escribir es como respirar, pero con más estilo.

Y ahí sigo.
Entre mis notas y mi nariz congestionada, entre mis epifanías baratas y mis verdades a medias.
Entre lo que viví y lo que quise vivir.

Quizá noviembre sirve para eso: para escribir lo que no se vive y vivir lo que no se escribe.

Quizá mañana, cuando vuelva a sonar ese maldito solo de guitarra que me desarma, continúe esta historia.

O quizá solo abra otra nueva nota, otra carta invisible, otro intento de decir lo indecible sin que nadie más se entere.

Por ahora basta con saber que sigo escribiendo.
Que sigo existiendo.
Y que, por irónico que suene, el psicólogo que no cobra consultas…
soy yo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario