Noviembre siempre llega con ese aire húmedo que en San Miguel no perdona ni
a los pecadores, ni a los asmáticos. En mi caso, solo me regala alergias
matutinas y la dignidad destruida de despertar congestionado, como si hubiese
llorado toda la noche por alguien que ni recuerdo. Debe ser la humedad. O la
vida. Uno nunca sabe.
Y mientras me sueno la nariz con la elegancia
de un rinoceronte deprimido, abro el bloc de notas del celular. Ese es mi
vicio. Hay gente que toma, que fuma, que vive buscando validaciones los fines de semana; yo reviso mi inventario de tragedias literarias. Mis
cartas no enviadas. Mis mensajes borrados. Mis grandes declaraciones censuradas
por la cobardía de ese editor interno que todos llevamos dentro.
Ahí están. Fieles, desvergonzadas, luminosas.
Mis textos invisibles.
Y cada
palabra me devuelve un fragmento: un gesto, un olor, una voz que ya ni recuerdo
si sonaba así o si mi memoria la “mejoró” para no sentirme tan mal. A veces me
sorprendo al descubrir que nunca las escribí para alguien más. Que cada palabra
era un espejo, uno de esos que te devuelven la verdad, pero con mala
iluminación.
En el
fondo, me hablaba a mí. A ese yo que todavía no entiende por qué hay personas y
momentos que se van como si fueran huéspedes de hotel: sin despedirse, sin
recoger sus cosas emocionales… y por supuesto, sin cerrar la puerta.
Tal vez
por eso estas cartas siguen aquí, sin destino. Porque, siendo honestos, si las
hubiera enviado, seguro ahora estaría esperando una respuesta que nunca
llegaría. Y noviembre no está para más decepciones; ya bastante tiene con el
clima, la humedad y mis alergias existenciales.
Antes las escribía en cuadernos viejos que olían a humedad y culpa. Ahora
viven en el celular, donde todo parece menos dramático y más moderno, como si
hubiera actualizado mis neurosis a iOS 17 o la última versión comercial. Lo llamo crecimiento personal.
Leo una nota que empieza con “te extraño” y
termina con un punto final que podría ganar un premio a la cobardía literaria.
Otra dice: “No debí decir eso”. Y otra más honesta: “Eres idiota, pero te
quiero igual”. Todas archivadas, como hijos ilegítimos que nunca reconocí.
—¿Otra vez escribiendo? — me pregunta mi voz
interna, la única que me critica gratis.
—Obvio. — respondo —. Nadie me juzga mejor que yo mismo.
—¿Y a quién le piensas enviar eso?
—A nadie, por supuesto. ¿Tú crees que me voy a exponer así?
—Ah, perfecto. Escribes para sufrir nomás.
—Exacto, es mi cuota de autoflagelación.
Lo bueno de escribir textos o párrafos que nunca envío es
que nadie puede corregirme. Ni reclamarme. Ni pedirme explicaciones. Son
monólogos sin interrupciones, y yo, modestamente, soy excelente hablando solo. (amo mis espacios)
Noviembre siempre me pone en ese plan
introspectivo, pero no por triste: por costumbre. Es como si mi cerebro
decidiera hacer inventario emocional antes del cierre de año. Reviso mis
errores, mis arrepentimientos y mis momentos brillantes (que algunas veces son menos
de los que creo, pero más de los que admito).
A veces me sorprendo encontrando ternura en
mis antiguas neurosis. Leo cosas que escribí en abril o años anteriores y pienso: “qué dramático
era ese tipo”. Y luego recuerdo que ese tipo sigo siendo yo. La evolución está
sobrevalorada.
Y encima, Falta poco para mi cumpleaños.
Cinco de diciembre.
Una fecha muy útil para recordar que he envejecido con dignidad dudosa, pero
con buen sentido del humor, que es más importante.
Cada año digo que haré algo distinto: viajar,
beber menos, escribir más, escribir mejor, ser un adulto funcional. Siempre
termino igual: escribiendo en el bloc de notas como un adolescente tardío que
se hace el fuerte sin superar todo, pero lo narra bonito.
—¿Y qué piensas hacer este cumpleaños? — me
pregunta la voz otra vez.
—Lo de siempre: fingir que no me importa.
—¿Y sí te importa?
—Obvio. Pero no se dice. Uno pierde poder.
—Eres una joya de la falsedad.
—Gracias, hago lo que puedo.
Mientras reviso mis notas llega November Rain.
Esa canción no entra: se instala. Axl parece cantar para mí, como si supiera
que estoy escribiendo otra carta condenada a no enviarse. Como si hubiera leído
mis notas clandestinas. Y pienso: qué conveniente sería que la vida tuviera
solos de guitarra así para dramatizar sin culpa.
La canción sigue sonando y empieza esto: “Nothing lasts forever, even
cold November rain…” Y pienso: qué frase tan cierta, tan maldita, tan
perfecta. Porque todo se acaba, hasta el dolor, aunque uno insista en sobarlo
para comprobar que todavía está ahí. A veces tenemos esa costumbre, la de tocar
las cicatrices, la de reabrir lo cerrado solo para sentirse vivo.
El coro sube. La alergia también. La emoción, ni te cuento.
Y ahí me tienes: congestionado, inspirado, escribiendo líneas que quizá mañana
borraré porque me parecieron demasiado intensas o demasiado sinceras o
demasiado yo.
Pero vuelvo a escribirlas igual.
Porque escribir es mi manera de existir.
Mi manera de hacer catarsis sin pagar psicólogo,
lo cual es irónico, considerando que el
psicólogo soy yo.
Mi manera de decir lo que no digo cuando hablo, lo que callo cuando sonrío, lo
que pienso cuando finjo que no pienso nada.
Lo guardo todo. Lo archivo. Lo escondo.
Textos que nunca envío, pero que escribo con un descaro casi romántico.
Quizá este año, solo quizá, me atreva a borrar
alguna el cinco de diciembre.
Pero también es probable que no.
Las cartas no enviadas son parte de mi encanto.
O de mi desgracia.
O de ambas.
Al final da igual.
Mientras haya noviembre, humedad , viento a doquier y un bloc de notas con espacio libre, yo
seguiré escribiendo mis verdades a medias, mis mentiras sinceras y mis
confesiones clandestinas.
Es un vicio, mi vicio.
Un talento.
Una maldita ternura.