viernes, 14 de noviembre de 2025

Noviembre, las cartas que nunca envié (2)

 

A veces pienso que si alguien leyera mis notas, todas esas cartas que nunca envié, terminaría convencido de que necesito terapia urgente. Y quizá tendría razón. Pero tampoco es que uno pueda psicoanalizarse frente al espejo sin sentirse un poco idiota.

Además, ¿qué psicólogo se recetaría a sí mismo “dos noches de honestidad brutal y una taza de cinismo antes de dormir”? Solo yo, por supuesto. Cada quien salva lo que puede.

Esa noche, la de la alergia impertinente y November Rain de fondo, dejé el celular sobre el pecho, como si fuera un desfibrilador emocional, listo para revivirme cada vez que se me muere algo por dentro. Y se me mueren cosas con facilidad: entusiasmos, promesas, ganas de madrugar.

Ahí, medio derrotado por la humedad de San Miguel y mi propia estupidez sentimental, me pregunté por qué sigo escribiendo. Por qué sigo guardando cartas como si fuesen piezas de museo, reliquias de un yo que se enamora fuerte y se olvida lento.

—¿Y qué buscas? — me preguntó la voz interna, tan sardónica como siempre.
—No lo sé. Tal vez entenderme.
—¿Y lo logras?
—Jamás.
—Perfecto. Entonces sigue. Nadie escribe porque se entiende a sí mismo.
—Cierto — dije— Sería aburridísimo.

Volví al bloc de notas.
Abrí un texto que empezaba con un “perdón” y terminaba con un “cuídate mucho”.
Qué elegante fui incluso en mis derrumbes.
Un caballero del auto sabotaje.

Hoy, que estoy a semanas de mi cumpleaños,  fecha que parece perseguirme como un recordatorio de que sigo vivo, pero no sé si mejor— me pregunto si debería hacer el ritual anual: borrar algo. Limpiar algo. Reinventarme un poquito.

Pero no lo haré.
No todavía.

Porque en el fondo, esas cartas guardadas son mi forma de quedarme con algo de lo que fui.
No por nostalgia.
Sino por documentación: como un arqueólogo emocional que guarda pruebas de sus catástrofes para evitar repetirlas… aunque igual las repita.

—¿Sabes qué deberías hacer? —dice mi voz, insolente.
—¿Qué?
—Escribir menos.
—Imposible —  me respondo —. Escribir es como respirar, pero con más estilo.

Y ahí sigo.
Entre mis notas y mi nariz congestionada, entre mis epifanías baratas y mis verdades a medias.
Entre lo que viví y lo que quise vivir.

Quizá noviembre sirve para eso: para escribir lo que no se vive y vivir lo que no se escribe.

Quizá mañana, cuando vuelva a sonar ese maldito solo de guitarra que me desarma, continúe esta historia.

O quizá solo abra otra nueva nota, otra carta invisible, otro intento de decir lo indecible sin que nadie más se entere.

Por ahora basta con saber que sigo escribiendo.
Que sigo existiendo.
Y que, por irónico que suene, el psicólogo que no cobra consultas…
soy yo.

Noviembre, las cartas que nunca envié


Noviembre siempre llega con ese aire húmedo que en San Miguel no perdona ni a los pecadores, ni a los asmáticos. En mi caso, solo me regala alergias matutinas y la dignidad destruida de despertar congestionado, como si hubiese llorado toda la noche por alguien que ni recuerdo. Debe ser la humedad. O la vida. Uno nunca sabe.

Y mientras me sueno la nariz con la elegancia de un rinoceronte deprimido, abro el bloc de notas del celular. Ese es mi vicio. Hay gente que toma, que fuma, que vive buscando validaciones los fines de semana; yo reviso mi inventario de tragedias literarias. Mis cartas no enviadas. Mis mensajes borrados. Mis grandes declaraciones censuradas por la cobardía de ese editor interno que todos llevamos dentro.

Ahí están. Fieles, desvergonzadas, luminosas.
Mis textos invisibles.

Y cada palabra me devuelve un fragmento: un gesto, un olor, una voz que ya ni recuerdo si sonaba así o si mi memoria la “mejoró” para no sentirme tan mal. A veces me sorprendo al descubrir que nunca las escribí para alguien más. Que cada palabra era un espejo, uno de esos que te devuelven la verdad, pero con mala iluminación.

En el fondo, me hablaba a mí. A ese yo que todavía no entiende por qué hay personas y momentos que se van como si fueran huéspedes de hotel: sin despedirse, sin recoger sus cosas emocionales… y por supuesto, sin cerrar la puerta.

Tal vez por eso estas cartas siguen aquí, sin destino. Porque, siendo honestos, si las hubiera enviado, seguro ahora estaría esperando una respuesta que nunca llegaría. Y noviembre no está para más decepciones; ya bastante tiene con el clima, la humedad y mis alergias existenciales.

Antes las escribía en cuadernos viejos que olían a humedad y culpa. Ahora viven en el celular, donde todo parece menos dramático y más moderno, como si hubiera actualizado mis neurosis a iOS 17 o la última versión comercial. Lo llamo crecimiento personal.

Leo una nota que empieza con “te extraño” y termina con un punto final que podría ganar un premio a la cobardía literaria. Otra dice: “No debí decir eso”. Y otra más honesta: “Eres idiota, pero te quiero igual”. Todas archivadas, como hijos ilegítimos que nunca reconocí.

—¿Otra vez escribiendo? — me pregunta mi voz interna, la única que me critica gratis.
—Obvio. — respondo —. Nadie me juzga mejor que yo mismo.
—¿Y a quién le piensas enviar eso?
—A nadie, por supuesto. ¿Tú crees que me voy a exponer así?
—Ah, perfecto. Escribes para sufrir nomás.
—Exacto, es mi cuota de autoflagelación.

Lo bueno de escribir textos o párrafos que nunca envío es que nadie puede corregirme. Ni reclamarme. Ni pedirme explicaciones. Son monólogos sin interrupciones, y yo, modestamente, soy excelente hablando solo. (amo mis espacios)

Noviembre siempre me pone en ese plan introspectivo, pero no por triste: por costumbre. Es como si mi cerebro decidiera hacer inventario emocional antes del cierre de año. Reviso mis errores, mis arrepentimientos y mis momentos brillantes (que algunas veces son menos de los que creo, pero más de los que admito).

A veces me sorprendo encontrando ternura en mis antiguas neurosis. Leo cosas que escribí en abril o años anteriores y pienso: “qué dramático era ese tipo”. Y luego recuerdo que ese tipo sigo siendo yo. La evolución está sobrevalorada.

Y encima, Falta poco para mi cumpleaños.
Cinco de diciembre.
Una fecha muy útil para recordar que he envejecido con dignidad dudosa, pero con buen sentido del humor, que es más importante.

Cada año digo que haré algo distinto: viajar, beber menos, escribir más, escribir mejor, ser un adulto funcional. Siempre termino igual: escribiendo en el bloc de notas como un adolescente tardío que se hace el fuerte sin superar todo, pero lo narra bonito.

—¿Y qué piensas hacer este cumpleaños? — me pregunta la voz otra vez.
—Lo de siempre: fingir que no me importa.
—¿Y sí te importa?
—Obvio. Pero no se dice. Uno pierde poder.
—Eres una joya de la falsedad.
—Gracias, hago lo que puedo.

Mientras reviso mis notas llega November Rain.
Esa canción no entra: se instala. Axl parece cantar para mí, como si supiera que estoy escribiendo otra carta condenada a no enviarse. Como si hubiera leído mis notas clandestinas. Y pienso: qué conveniente sería que la vida tuviera solos de guitarra así para dramatizar sin culpa.

La canción sigue sonando y empieza esto: “Nothing lasts forever, even cold November rain…” Y pienso: qué frase tan cierta, tan maldita, tan perfecta. Porque todo se acaba, hasta el dolor, aunque uno insista en sobarlo para comprobar que todavía está ahí. A veces tenemos esa costumbre, la de tocar las cicatrices, la de reabrir lo cerrado solo para sentirse vivo.

El coro sube. La alergia también. La emoción, ni te cuento.
Y ahí me tienes: congestionado, inspirado, escribiendo líneas que quizá mañana borraré porque me parecieron demasiado intensas o demasiado sinceras o demasiado yo.

Pero vuelvo a escribirlas igual.
Porque escribir es mi manera de existir.
Mi manera de hacer catarsis sin pagar psicólogo,
lo cual es irónico, considerando que el psicólogo soy yo.
Mi manera de decir lo que no digo cuando hablo, lo que callo cuando sonrío, lo que pienso cuando finjo que no pienso nada.

Lo guardo todo. Lo archivo. Lo escondo.
Textos que nunca envío, pero que escribo con un descaro casi romántico.

Quizá este año, solo quizá, me atreva a borrar alguna el cinco de diciembre.
Pero también es probable que no.
Las cartas no enviadas son parte de mi encanto.
O de mi desgracia.
O de ambas.

Al final da igual.
Mientras haya noviembre, humedad , viento a doquier y un bloc de notas con espacio libre, yo seguiré escribiendo mis verdades a medias, mis mentiras sinceras y mis confesiones clandestinas.

Es un vicio, mi vicio.
Un talento.
Una maldita ternura.


lunes, 3 de junio de 2024

Gol gana.

Uno crece, no hay mucho misterio ahí. Se estira, se ensucia, se rompe, se arma, y de pronto despierta un día con la certeza irrefutable de que ya no es el chiquillo que jugaba “gol gana” con pantalón corto y rodillas peladas.

Pero hay barrios (como uno donde viví) donde uno no siempre crece en línea recta, sino a golpes, empujado por las circunstancias, moldeado a la fuerza por la sociología más salvaje que existe: la calle.

En algunos distritos o zonas de Lima, la calle nunca es solo calle, muchas veces es teatro, es ring, es universidad, es burdel, es capilla. A veces todo al mismo tiempo y así entendí que uno no siempre madura; uno se endurece.

Parte de mi infancia, mi barrio fue La Huaca Rosada (esa reliquia prehispánica convertida en vaticano pagano) era el mejor refugio que muchos podríamos pedir. Ahí estudiábamos sociología sin saber pronunciarla: los códigos del miedo, los silencios, el temperamento de los padres borrachos, el olor del PBC mezclado con bizcochos de la panadería del tío Víctor y la ética de sobrevivir sin llorar mucho.

En ese barrio convivíamos diversas personalidades sin pudor, allí estábamos:

  • Los niños del parroquial, de chaleco azul marino y cuadernos forrados.
  • Alumnos de colegio particular y nacional.
  • Los chicos adinerados, con zapatillas importadas y loncheras empaquetadas.
  • Por otro lado, los de la zona movida, los que desde los 10 ya sabían identificar el olor del PBC antes que el de un sándwich mixto.

Y aun así todos jugábamos juntos, sin roches. La democracia perfecta del barrio era: si sabías patear, tumbar o correr, estabas adentro. Punto.

Yo era (según decían) el tranquilo.
¡Sí, ese!
El que hacía las tareas, el que sacaba buenas notas, el que otros papás elogiaban.

Y aun así, por algún extraño magnetismo, pasaba más tiempo sentado con los chicos ojerosos, los que hablaban de sus casas como trincheras, los que ya conocían las palabras prohibidas que los padres fingían no escuchar.

Quizá ahí empezó cierta vocación escuchando a los que nadie oía, entendiendo códigos que ningún hermano o sacerdote parroquial quería admitir que existían, navegando entre dos mundos que parecían opuestos pero que se tocaban por debajo como amantes prohibidos.

Y como en toda infancia, estaban los personajes que marcarían la generación.

Pepe: El líder natural.
Hermoso, insolente, con esa sonrisa que te hacía creer que no le temía a nada porque, de hecho, no le temía a nada.
Si Lima tuviera bandera propia, sería Pepe sosteniéndola con los brazos abiertos, sudado, victorioso después de una pelea en la pista.

Juan Diego: El hermano menor.
El sensato, el que calculaba el riesgo, el que sabía cuándo correr y cuándo quedarse.
La conciencia moral que nadie escuchaba, pero todos necesitaban.

Julián: El atleta.
Con piernas hechas para escapar de la mediocridad.
Si hubiera nacido en otro país, quizá ya tendría una estatua; aquí solo tenía una jauría de chicas detrás y un futuro pendiente de un hilo llamado “suerte”.

El Titi: El villano oficial.
Flaco, nervioso, siempre con hambre y siempre con odio.
Fumaba desde los doce, robaba desde los diez y parecía estar en guerra con un enemigo que solo él veía.
Más adelante sabríamos su tragedia (o quizás su destino) pero en ese momento era el antagonista perfecto.

Gerson: El pituco camuflado.
Casaca Tommy, pelito peinado, olor a colonia cara.
Jugaba tenis según su mamá y guerra urbana según nosotros.
Nunca lo admitió, pero él necesitaba más que nadie ese barrio que intentaba ocultar.

El Chato: Amigo y vecino.
Pertenecía a la liga juvenil de básquetbol.
Pandillero nato, era por quién más tuvimos problemas con otros barrios.
Dueño de la pelota de tenis que ahora me hace reconocer un síntoma a los diez años.

Y estaba Alberto.
Mi hermano mayor sin trámite notarial.
Mi padrino secreto.
El único que entendía mi ansiedad cuando ni yo sabía que se llamaba así.

Yo era el que observaba todo.
El que entendía.
El que iba recogiendo sobre pensando desde pequeño, quién sin querer ya se iba preocupando porque cosas ajenas a su edad.

 

La pelota de tenis (síntomas prematuros)

 

Tenía once años cuando ocurrió mi primer síntoma infantil.
Perdí la pelota del Chato.
Sí, una simple pelota verde.
Pero el Chato la reclamó con gritos, amenazas y mirada de “te saco la mierda”.

Yo sabía que no me pegaría (ya le había ganado antes).
Eso podía aguantarse.
Pero mi ansiedad no sabía eso.

Caminé a casa con el estómago encogido, el pecho inflado a pulso perdiendo la respiración constantemente, imaginando mil formas de devolverle esa pelota.

Llegué a casa a las ocho, sin hambre, con la cara que cualquier madre decente reconoce como: “algo le pasó a mi hijo”.
No dormí.
Solo fabriqué escenarios catastróficos en mi cabeza.

A la mañana siguiente apareció Alberto.
Había visto todo.

- Oye, tu hermano tenía una pelota en su mochila - me dijo-. No es del mismo color, pero sirve.
Yo le confesé que había llorado toda la noche.
Él me abrazó.
-  Acá voy a estar pa’ ti, huevón - dijo con esa mirada áspera que solo dan los adolescentes buenos en barrios malos.

No era la primera vez.
No sería la última.

 Cuando mis patines se rompieron antes de la carrera por la Medalla Milagrosa, él me dio los suyos fingiendo que ya no le quedaban.

 Y como si fuera poco, juntos, sobre la longboard, atravesamos peligros, callejones, perros rabiosos y vacíos existenciales hasta que un día dejamos el barrio de la pelota para movernos a otros circuitos sociales.

 La longboard nos sacó de la Huaca por la puerta falsa.

 Alberto abrió ese camino.
Yo solo lo seguí.
 
Hoy, cuando lo pienso, duele.
Duele feo.
Porque ya no está.

 Y lo extraño demasiado.

 

Entre los 11 y 14 todo cambió.

El fútbol todavía importaba, sí, pero ya no tanto como las miradas largas, los cuerpos, las hormonas traicioneras.

En la Huaca, las noches olían distinto.
Había peligro, sí, pero también había algo excitante.

Ese “algo” que te hacía caminar más lento cuando pasaba la chica de la cuadra tres o cuando uno de la hermana de tus propios amigos caminaba cerca y te dabas cuenta (sin querer admitirlo) de que estabas mirando demasiado.

 Nos hicimos hombres a empujones.

Con culpa, curiosidad, miedo y deseo mezclados en un cóctel tóxico y delicioso.
Y en esa mezcla uno descubre cosas: quién eres, quién no eres, quién finges ser, quién no te atreves a admitir que quieres ser.
 
Algunos experimentaron temprano.
Otros se escondían.
Otros mentían mejor.

 

 

Tenía 14.

Era uno de esos veranos interminables en los que el cielo es gris pero igual hace calor.

Estábamos los de siempre en la esquina, bebiendo una gaseosa Lulu de dos litros que sabíamos que alguien no había pagado.

 El Titi llegó con su cortejo de buscavidas.

Había humo, había malas intenciones.
 
- ¿Qué fue, monses? - dijo él, cargando el insulto como una piedra lista para lanzar.

Pepe no retrocedió. Nunca lo hacía.

 - Búscate un escenario más grande, Titi. Aquí estamos conversando.
 - Ah, sí? ¿Y quién te dio permiso de hablar?
 
Pero el problema no era la frase.
Era el tono.
Ese tono que solo usan los hombres que quieren recordar que pueden destruirte.
 
Lo que vino después fue inevitable.
Golpes, tierra, gritos.
Julián lanzándose como si fuera la final de la Libertadores.
Juan Diego intentando separar.
Gerson llorando sin que nadie lo note.
Yo, el tranquilo, recibiendo una patada que hasta ahora siento en los sueños.
 
Y sobre todo…
esa sensación de haber cruzado un umbral del que ya no se vuelve.
 
Ese día comprendí que todos éramos huérfanos de algo.
 
El padre del Titi apareció.
Borracho.
Gritando.
Pegándole ahí, delante de todos.
 
Nadie habla de eso, pero ese día todos supimos que el villano también tenía su propio villano.
Y creo que fue ahí donde probablemente mi vocación se volvió irreversible.
Yo no quería salvar al mundo, no soy tan ingenuo.
Quizás yo quería entenderlo.
Descifrar y entender ese grado emocional del dolor ajeno.
Encontrar de dónde vienen las sombras que se adhieren al cuerpo como un tatuaje involuntario, 

Nadie es malo porque sí.
Siempre hay un infierno detrás.

Ese día nos marcó a todos y muchos nos aislamos.
 
Alberto siguió siendo mi ángel callejero unos años más.
Él fue quien me sacó de la Huaca sin violencia, sin sermones, sin promesas:
solo rodando.
Porque la longboard fue nuestra fuga elegante.

Mientras otros se quedaban atrapados en la cancha de tierra, nosotros aprendíamos a movernos por circuitos más grandes, más abiertos, donde el barrio ya no nos definía tanto. La tabla nos llevó a otros parques, otras amistades, otras conversaciones donde nadie nos gritaba “conchesumadre” desde la ventana de un tercer piso. (qué ricos recuerdos)

La Huaca dejaba de ser patria y se convertía en recuerdo.
Y ese tránsito (ese tránsito exacto) fue mi primera experiencia de ascenso social, aunque fuera emocional.
Y como pasa con todo lo importante, cuando desapareció, no me di cuenta de inmediato, pero se sintió. Porque hay ausencias que pesan más que todas las presencias juntas.

 

Crecimos todos, pero cada uno por su lado.

- Pepe terminó de actor, más fotogénico que sensato.
- Julián llegó a la liga profesional y solicitado en el extranjero; ahora nos reúne para aportar en las chocolatadas de nuestro ex barrio.
- Gerson se casó con una chica de la tele.
- El Titi… bueno, no todos pueden salvarse.
- Y Alberto… Alberto será otra historia. La más dura. La más verdadera.


Yo terminé estudiando psicología. Tal vez siempre estaba la vocación, desde los diez, cuando buscaba comprender por qué un chato gritón podía arruinarme el sueño o por qué un amigo que me protegía podía desaparecer tan pronto.

Al final, la Huaca no fue solo un barrio.
Fue un manual de supervivencia.
Crudo, obsceno, luminoso, violento, triste y maravilloso.

Y aquí estoy, escribiendo esto como quien abre una ventana en plena madrugada, esperando que entre un soplo de aire, aunque sea un poco.

Porque uno puede crecer en cualquier parte de Lima.
Pero ser formado por un barrio particular es otro nivel de educación.
Una que no perdona, pero tampoco traiciona.
Una que te acompaña para siempre, como una sombra fiel.
Y de algún modo, escribir esto es volver.
Volver para entender.
Volver para despedirme.


Y entender esa frase que me pertenece: 
Gol gana.

Porque en la vida, igual que en el barrio, uno nunca sabe cuándo se acaba el partido. Ni quién mete el último gol. Ni si el árbitro existe.

Pero hay que jugarlo igual.
Con miedo.
Con sudor.
Con ironía.
Con cicatrices.
Y con una sonrisa terca, de esas que aprendí en el barrio donde crecí.

 

viernes, 10 de septiembre de 2021

Nunca Subestimes Un 'Me Quiero Morir'



¡Ah, carajo!

Aquí estamos otra vez, tú y yo, repitiendo el ritual más decadente del ser humano contemporáneo: sobrevivir otro día sin saber muy bien para qué. La vida patas arriba, el ánimo arrastrándose por el piso, y esa sensación tan familiar de que el universo ha decidido, democráticamente, tocarte los huevos.

Afuera, todos parecen brillar con una alegría casi ofensiva, como si la felicidad les brotara por ósmosis; mientras tanto, tú te quedas encerrado en tu cuarto, respirando una oscuridad espesa y un silencio tan ruidoso que casi zumba. Y ahí, en medio del desastre, descubres que el único personaje realmente perdido en esta historia eres tú. Qué sorpresa.

Las parejas se resquebrajan, los amigos hacen mutis por el foro, la familia se esfuma como si hubieran firmado un pacto de invisibilidad. Todo se desmorona con una precisión casi poética. Y tú, aguantando, calladito, como buen soldado emocional, hasta que, porque siempre hay un “hasta que”, ¡zas!, el detonante. Ese golpe final que no es una cereza del pastel, sino más bien un ladrillazo cósmico directo al cráneo.

La rabia, la tristeza, el miedo, la vergüenza… todas esas emociones llegan como una ola helada en pleno invierno limeño: te golpean sin permiso, sin aviso y sin misericordia.

Y claro, tus demonios, esos que juraste haber jubilado, vuelven con entusiasmo sindical, exigiendo protagonismo. Te susurran, te empujan, te provocan. Y tú, agotado, atrapado en un laberinto mental que no diseñaste, empiezas a coquetear con la idea más peligrosa: dejar de existir.

Ni almorzar pudiste hoy. No porque se te pasó, no, qué va, sino porque el hambre simplemente renunció. Abandonó el cuerpo. Y te dejó con ese vacío en el estómago que no es físico, es existencial; ese mareo suave que te recuerda que estás vivo, aunque no tengas la menor idea de para qué.

Y claro, aparece ese pensamiento torcido:

“Al diablo todo. Si me voy, al menos deja de doler”.

Lo sé. Has imaginado el plan, el método, la escapatoria elegante al abismo. Te entiendo más de lo que te gustaría. Todos, en algún momento, todos, hemos mirado de reojo ese precipicio silencioso.

Pero respira. Aquí viene la parte incómoda, la honesta diría yo.
Pregúntate sin maquillaje: ¿Quieres morir o solo quieres dejar de sufrir?
Exacto! Ahora sí estamos hablando.

¿Cuál es el maldito problema que necesita solución? Escríbelo. Sin filtros, sin poesía. En papel, en tu celular, en la pared si hace falta. Vomítalo, saca a flote todo aquello que perturba.

Pero antes, haz algo básico: párate y mójate la cara. O métete a la ducha más fría que permita tu dignidad. Para esta locura. Come algo. Pon música que te suba, que te mueva, que te devuelva un poquito de arrogancia divina. Y por el amor propio que aún te queda, no pongas esa playlist deprimente que conoces de memoria y que es básicamente un manual de autodestrucción musical.

Habla.
Con alguien.
Con quién soporte tus silencios.
Con quien sea que te escuche sin burlas ni sermones.
Escríbele a ese amigo que siempre vuelve.
Llama al 113 si no tienes a nadie cerca o camina a un hospital, da lo mismo: lo importante es que abras la boca y sueltes el peso.
Porque (y esto te lo digo con el corazón en mano) el suicidio nunca es la solución.

Callar te hunde. Hablar te agrieta, sí, pero también te salva.

Es un golpe seco que no solo te mata a ti: pulveriza a los que te aman (nos marca y deja una cicatriz difícil de obviar) deja respirando culpa, mucha culpa, preguntas sin respuesta, noches enteras reconstruyendo lo que nunca sabrán. Algunos quedan vivos, sí, pero no completamente. Arrastran la sombra de tu ausencia como un tatuaje que no pidieron.


Y, sin embargo, aquí estamos. Tú, intentando no romperte.
Yo, recordándote que, aunque la vida a veces sea una mierda exquisita, todavía vale la pena quedarse.
Aunque sea por curiosidad.
Por despecho.
Por rebeldía.
O simplemente para ver qué carajo pasa mañana.

 

Datos y cifras:

  • Cada año se suicidan cerca de 700 000 personas.
  • Por cada suicidio consumado hay muchas tentativas de suicidio. 
  • En la población general, un intento de suicidio no consumado es el factor individual de riesgo más importante.
  • El suicidio es la cuarta causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años.
  • El 77% de los suicidios se produce en los países de ingresos bajos y medianos.
  • La ingestión de plaguicidas, el ahorcamiento y el disparo con armas de fuego son algunos de los métodos más comunes de suicidio en el mundo




sábado, 30 de mayo de 2020

El Monstruo y yo


Ser hijo único es una desgracia cómoda. Uno se acostumbra a que todo gire alrededor de su respiración: mamá pendiente, abuela vigilante, papá ausente, pero opinólogo. Yo crecí así: un pequeño emperador sin corona, mimado, pero solo, creyendo que tenía la razón incluso cuando no tenía ni la menor idea de nada.

Pero la realeza se vino abajo el día que mis padres decidieron convertir su matrimonio en un coliseo romano. Yo, claro, fui el gladiador más barato: ese que nadie defiende, el que arrojan al centro para distraer mientras los adultos se despedazan.

Mi madre y mi abuela —las dos mujeres que Dios puso para que yo no terminara siendo un pequeño sociópata— buscaron ayuda profesional. Les agradezco: en ese punto yo era un adolescente que se escondía detrás de un cigarrillo mal prendido, con ataques de ansiedad y noches tan largas que parecían vivir dentro del insomnio.

Ahí apareció el Dr. Sáenz.Un hombre paciente, serio, que hablaba con pausas medidas como si cada frase fuese una receta. Le debo más de lo que él podría imaginar. Fue él quien pidió terapia familiar. Fue él quien vio que yo me estaba rompiendo. Fue él quien dijo: “o arreglan esto, o el chico no llega a la adultez emocional”.

Papá, naturalmente, se negó. Para él, la salud mental era un invento de débiles. Una mariconada moderna.

- ¿Psiquiatra? - gruñó.

¿Y qué sigue?

¿Qué te vuelvas artista? Yo respiré hondo. Lo gracioso es que con el tiempo sí terminaría siendo artista, solo que del desastre emocional.

La primera sesión fue en un consultorio que olía a libros húmedos y café frío.

- Gonzalo, ¿qué sientes? - preguntó.
Yo pensé en decirle: “siento ganas de desaparecer”, pero respondí lo clásico:
- Nada.

Él sonrió como si hubiese escuchado una confesión. - Perfecto. Vamos avanzando.

Recuerdo esas noches en las que yo fingía dormir en la cama de mi abuela mientras todos lloraban. Lloraban de miedo, de rabia, de nostalgia, lloraban porque llorar era lo único que quedaba. Yo estaba hecho un ovillo, conteniendo la respiración, escuchando cómo el dolor se hacía música triste en la sala. Era como protagonizar una obra de teatro sin diálogos, donde lo único libre era el llanto.

Hasta que un día, mejor dicho, una madrugada, la escena cambió.

Golpes en la puerta. Voces de vecinos. Los hombres de blanco.
Esos que llegan sin preguntar, con un formulario en la mano y una frialdad que parece que les sale del uniforme.

—¿El menor está listo? —preguntó uno, sin mirarme siquiera.
Fue entonces cuando quise correr hacia mi madre.
Me agarré de ella como quien se aferra a la última tabla antes de hundirse.
Ella me hablaba al oído, casi sin voz:
—Fuerza, Gonzalo… siempre vamos a estar juntos. Acuérdate. Siempre.

Y yo, que me creía fuerte, me rompí como vidrio.
Lloré ahí, frente a todos, sin vergüenza, porque ya no quedaba nada que ocultar.

Ese fue el día en que mis cicatrices empezaron.
Las visibles y las que no había forma de explicar.

 

El hospital de Magdalena (pabellón B3) era otra dimensión. Una mezcla entre universidad pública mal financiada y cárcel emocional. El olor era una mezcla de cloro barato, leche recalentada y desesperación humana.

Las paredes parecían oyentes.
Los pasillos, túneles.
Las ventanas, excusas.

Allí conocí a Mishino.
No sé si era su nombre real o si me lo inventé, pero le quedaba perfecto: tenía algo de perro callejero, algo de juglar y algo de filósofo frustrado.
- Agáchate, causa - me dijo la primera vez con sus ojos para abrazarlo.
Yo me reí. Y desde ese día, caminamos juntos.

Le daba las migajitas de pan con leche que guardaba en el bolsillo. Él las aceptaba como si fueran monedas de oro. Me seguía a todas partes, no por hambre, sino por lealtad. Era mi sombra. Mi animal totémico en un pabellón lleno de almas quebradas.

Entre esas paredes descubrí que la locura no tiene rostro, tiene ritmo.
Un chico repetía salmos.
Una señora pedía perdón en voz baja.
Un hombre hacía cálculos invisibles con los dedos.

Y yo… yo leía.
Leía como si los libros fueran salvavidas.
Leía a Camus, a Unamuno, y aunque tenía apenas catorce años, ya sospechaba que un día iba estudiar filosofía para entender o ahondar un poco más en el por qué carajo existimos.

 

A veces veo personas caminando despacio, como arrastrando el alma.
Los ojos perdidos.
El cuerpo aquí, la mente quién sabe dónde. Y los reconozco.
No porque estén tristes.
Sino porque están peleando con alguien que nadie más ve.

El monstruo no grita: susurra.
No ataca: espera.
Y siempre gana si te agarra desprevenido.

A veces queremos ayudar, pero no sabemos cómo.
Decimos tonterías:
“Ánimo”,
“Tú puedes”,
“No estés así”.
Como si el dolor obedeciera órdenes.

Y si dices que tienes cáncer, todos te abrazan.
Pero si dices que tienes una enfermedad mental, todos te miran como si trajeras dinamita en los bolsillos. (y quizás tengan razón)

La gente teme lo que no entiende.
Y muchos no suelen entender la mente.

 

Yo pasé por eso.

La universidad fue mi segundo campo de batalla.
Llegué con ganas de destacar, de reinventarme.
Pero la sombra del diagnóstico me siguió.

-  Ah, tú eres el chico del psiquiátrico - escuché una vez.
Y descubrí que el estigma es más fuerte que la terapia.

Pero también encontré aliados:
Un profesor que me dijo:
- Gonzalo, el sufrimiento es combustible. Sólo tienes que usarlo bien.
Ese día decidí escribir.

Y así, sobreviví.
A mis humores. A mis recaídas. A mis noches sin dormir.
Al estigma.

Hoy, a mis 24 años, puedo decirlo sin vergüenza:
el tratamiento me salvó.
La terapia me ordenó.
Los años me hicieron menos cruel conmigo mismo.

Y el monstruo…
ah, el monstruo…

Ya no me persigue en las noches.
Ahora se sienta conmigo, conversa, toma café.
Hacemos las paces cada cierto tiempo.
A veces incluso lo dejo leer mis libros.

Después de todo, ese monstruo también soy yo.

Y si sigo aquí, escribiendo esto, respirando esto, viviendo esto…
es porque aprendí que uno no elimina sus monstruos: los domestica, los cuida, los convierte en historia y algún día (con suerte) los convierte en textos.



lunes, 4 de mayo de 2020

La Deuda de la Prostituta



La crisis viene ocupando mayor tiempo y va  azotando este lugar, casi toda la población tiene deudas y viven a base de créditos, prácticamente sobreviviendo el día a día y llenos de estrés. (nada fuera de la realidad que vivimos ¿verdad?)

Por fortuna llegó un millonario que ostentaba tener mucho dinero, él se dirige hacia el único pequeño hotel del lugar, pide una habitación, pone un billete de 100 dólares en la mesa de la recepcionista y se va a ver las habitaciones. (Aún no acepta hospedarse, pero solicita observar la calidad de las habitaciones).

1- El dueño del hotel agarra el billete y se dirige corriendo a pagar sus deudas con:
2- El carnicero, éste a su vez, toma el billete y sale corriendo a pagar su deuda con:
3- El criador de cerdos, quién luego de recibir el dinero paga lo que debe al:
4- El dueño del molino quién es proveedor de alimentos para animales, éste proveedor revisa el dinero y corre a culminar su deuda con:
5- María, la prostituta del pueblo, quién en tiempos de crisis ofrece sus servicios a crédito y con la cual llevaba una deuda de tiempo. Ella, billete en mano va a pagar al pequeño hotel donde había llevado a sus clientes las últimas veces y que todavía no había pagado, ingresa por la puerta y entrega los cien dólares al dueño del hotel.

En este momento baja el millonario, quién durante todo ese tiempo estuvo revisando las habitaciones y dice que ninguna lo ha convencido para quedarse en el pueblo, observa, coge el billete y se va.

Ninguno de los personajes enumerados del 1 al 5 gastó un solo dólar, sin embargo, todos ellos lograron pagar sus deudas y con ello, llevar una convivencia sana y libre de conflictos emocionales.

Contextualizando

Esta historia la escuché en clases, recuerdo haber fijado la mirada cuando empezamos a hablar sobre emprendimientos y startup peruanas, de pronto el profesor empezó a relatar y contar detalles con tal frenesí que tardó varios segundos en notar que la clase estaba con él, muy al pendiente de saber toda la trama de aquel titulo disruptivo que nos mencionó al empezar el relato.

Aquella lectura quedó marcada indiscutiblemente en muchos de nosotros, ha sido el tema de conversación en la última videoconferencia  y nos permitió generar mayor consciencia y debate sobre nuestro rol de consumidores.

Debemos impulsar a que el dinero circule dentro de la economía local fomentando así su desarrollo, pero esto solo será factible apoyando a los emprendimientos como también al consumo local, para ello, cada  uno de nosotros cumplimos un rol importe, un rol de promotor y agente de cambio.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El duelo


El duelo se convierte en una batalla constante donde solemos terminar presos del frenesí.

Existen dos tipos de duelo: aquel considerado normal, y otro, el más grave; el patológico.
La diferencia radica en el tiempo, el común se manifiesta y termina aproximadamente en seis y ocho meses, el patológico se alarga en el tiempo.

Se podría decir, que las fases del duelo son negación, tristeza profunda, culpa, rabia y aceptación. Pero esto no aplica para todos, hay casos donde las emociones se triplican en comparación con personas regulares, por eso el duelo es patológico, incontrolable y las ganas de aislarse persisten.

-¡Gonzalo!Intenta volver a escribir , regresa a aquellos espacios donde te sentías cómodo - dijo el psicólogo casi al culminar la sesión. Cerré los ojos  y el papel comenzó a teñirse.

(texto escrito) 15:35:10  viernes de mayo
Cuando encuentras tiempo para ti solo, en realidad no lo estás, en tus pensamientos hay personas, gente de mierda atormentando, acusando, juzgando y golpeando tu cerebro, jugando con serotonina y dopamina, matándolas, dejándolas casi ausentes, desapareciendo, pocas conexiones, mucha tristeza. Mucho sonido, ruido de chillidos, sin dar oportunidad al silencio, a la quietud, al bienestar, paz del corazón, paz de las almas; ¿Dónde está? ¿ Dónde está mi paz?

Mi mar en quietud, el cielo despejado,  mi dirección correcta, mi sonrisa... ¿mi sonrisa? pero dicen que todo es un sueño, no pasa realmente, eres parte de la alucinación de un hombre drogado, eres imagen antigua. ¿Soy un buen delirio?

- ya despierta-




miércoles, 3 de junio de 2015

Feliz día Desconocido

De todos modos, habían pasado muchos años sin su llamada y empezaba la mañana feliz de un mal día porque este día un hombre que se jacta por ser feliz, destruía nuevamente el amor de un niño de once años.

Gracias papá por nunca haber estado a mi lado a la hora de una festividad como hoy, por permitir que me sienta mal durante estos días, como cuando solía quedarme con aquel regalo que muy entusiasmado preparaba junto a los amigos de primaria, en verdad, te pasaste.

Gracias por desaparecer todos los recuerdos que creé en mente sobre ti, por hacerme olvidar que en algún momento regresarías por aquella calle a tres cuadras de la esquina. ¿Ahí solías llevarme a comprar dulces?

Gracias por demostrar que podía seguir adelante sin tu imagen al lado, por enseñarme sin que lo hayas pensado a vivir, a madurar y a tratar de entender lo que un niño desde los seis años no está acostumbrado. No negaré que sobrellevé muchos sucesos, entre ellos recuerdo los juegos forestales, todos asistían con ambos padres, pero yo te inventaba una enfermedad, esa fue mi manera de excusar tu ausencia en cada evento. Te he querido mucho ¿no?, puede parecer curioso, pero ambos sabemos que todo cansa.

Gracias porque sin querer me refugié en lo oscuro de una enfermedad.

No pidas un respeto que nunca enseñaste, no reclames una llamada para saludarte porque yo pedía las pedías de manera recurrente y nunca cediste, ahora te empeñas en la necesidad de una reconciliación cuando ves frutos que nunca cultivaste, me jode no saber quién de nosotros es más injusto.

Aún recuerdo la última Navidad, estás ahí sonriendo, pidiendo que habrá aquel regalo que prometiste enseñar a manejar. -No llores huevón, porque yo lloré mucho más por las caídas- A mí no me enseñaron a manejar mis tíos, ni los padres de mis amigos. Lo aprendí solo. 

¿Es tarde no?

Gracias por los espacios en las fotos, sin quererlo tus últimas imágenes desaparecieron, ocurrió sin querer cuando lloraba mientras las lágrimas caían sobre aquellas fotos que escondía en una pequeña caja por el cuarto de la azotea, aquella azotea que solía recibirme cuando me fregaba en llanto preguntándome el porqué de tu decisión, y en la inocencia juraba pensando que tú nos buscarías.

 Así se borró tu recuerdo con mis lágrimas.

Gracias por no haberme pegado cuando decía que estabas enfermo o que habías salido de viaje. Me enseñaste a cubrir muy bien los vacíos, fíjate, después de todo aprendí que te necesitaba demasiado, pero asumí que era demasiado.

Había idealizado tanto tus llamadas que hoy las espero con normalidad. Te imaginaba preguntando por mí, indagando actos para cuestionar mis rumbos, para decirme o aunque no lo creas para que me grites o si es que te parecía lo correcto; golpearme.

Pasé varios momentos pensando en portarme mal con el fin de llamar tu atención, de que me recurrieras pero fuiste un completo desconocido, nunca vi tu sombra en el hospital, nunca escuché tus pasos en las noches, nunca llamaste al celular, nunca te dignaste a hablarme de la masturbación, nunca recibiste las cartas que te dediqué, nunca supiste que gracias a ti empecé a escribir, nunca me has escuchado recitar, nunca te has alegrado con mis calificaciones, nunca me has perdonado de nada porque nunca supiste nada de mí y todo eso porque no buscaste maneras de llegar.

¿Por qué tanta farsa oculta tras una sonrisa?

Mis exámenes con notas aprobatorias fueron la consecuencia de querer demostrar lo orgulloso que podías haberte sentido, pero me recordabas que todo era en vano.

Gracias por tu mínima resistencia a mi olvido, por dejarte morir con algún personaje y por el grado de madurez que adquirí por ti.

¡Gracias por todo Pá!

lunes, 8 de septiembre de 2014

Porlas

Por las esquinas estuve vagando cual loco calato en busca de mugre. Por las mañanas en las que me perdía en ti, como cuando fumaba tratando de olvidar todo… jamás resultó.

Por las esperanzas que creó mi titiritero en alguna laguna gris, aquella misma que cumple el rol de sepulcro de penas cuando me abandono cerca de algún nuevo inicio y cada vez es más frecuente. Por las calles que nunca recorreré a tu lado. Por las veces que te pediré perdón no existiendo culpables, peor aún, sabiendo que nunca responderás.

Por las historias que creamos sin haberlo planeado; soy yo quien te rinde homenaje, sé que sientes orgullo al saber que no pierdo rumbos y que ando cual marinero en busca de nueva tripulación.

Por las veces que me llegó esperar sentado, fingiendo esperarte. Por las carencias de un abrazo fuerte que quise volver a encontrar.

Por las veces que no quise escucharte y que día a día son las cadenas que arrastro. Por las palabras tan mierda que solíamos repetir. Por las semillas de afecto que sembramos en febrero de hace diez años, siendo pequeños majaretas que no sabían entender.

Por las visitas a círculos que nunca quise acceder, siendo desde pequeño un completo antipático. Por las tardes oscuras de parque donde siempre fui el vencedor, fui yo quien nunca lo quiso asimilar. Por las veces que quería salir ganando en todo y en las cuales ustedes me aceptaban como tal.

Por las veces que callo tanto para quedar bien ante cualquier episodio. Por las ganas de pensar que mañana estarás nuevamente a mi lado, simplemente hasta hoy no es fácil.

Por las noches en las que me afano en recurrir a que me protejas, porque aunque no lo creas no soy el mismo de antes. Por las veces que pienso pedirte que me dejes ir en paz, sacando de la mente aquella imagen tan cruel de despedida.

Simplemente por las escribo todo esto, sabiendo que nunca lo leerás. 


Y así, en este laberinto de textos, elaborados por recuerdos y susurros, me encuentro, buscando respuestas en un universo que parece negarme la salvación. Pero al final del día, sé que el viaje vale la pena, porque en el eco de nuestras memorias y en la melodía de nuestros suspiros, encuentro la esencia misma de lo que significa por siempre una amistad. Porque aunque los días se desvanezcan en la penumbra del olvido, nosotros somos inmortales, una chispa eterna en el vasto universo del tiempo. 

La vida es jodida, ¡sí! y nos llevará por caminos inesperados, muchas veces, encontrándonos con desafíos que parecen insuperables. Pero, vamos, en esos momentos difíciles es cuando más brillamos. Porque no estamos solos. Hay amor y apoyo a nuestro alrededor, incluso cuando no podemos verlo. Y aunque perdamos a nuestros seres queridos, su amor y su legado siguen viviendo en nosotros, dándonos fuerzas para seguir adelante.

Así que si estás pasando o recordando una situación similar, levanta la cabeza, ponte tus mejores zapatos y sigue caminando con la cabeza en alto. Porque aunque extrañemos a aquellos que han partido, su amor nos acompaña en cada paso que damos, iluminando nuestro camino y recordándonos que nunca estamos solos en este vasto universo. Porque al final del día, el amor es lo único que perdura, trascendiendo el tiempo y el espacio, y recordándonos que somos más fuertes de lo que creemos. Así que brinda por los recuerdos, por favor, y sigue adelante con la confianza de que los mejores momentos  siempre prevalecerán.

Mi hermano  "Tomate"

lunes, 1 de septiembre de 2014

Papeles Perdidos

Papeles Perdidos

Recuerdo que me encontraba perdido en mis pensamientos, caminando por una de las aceras del aeropuerto, cuando de repente, como un destello en medio de la oscuridad, ella apareció.

Su presencia era como una bocanada de aire fresco en medio del sofocante calor urbano. Sus ojos, profundos como el océano en calma, me atraparon al instante. No pude evitar sentir una extraña conexión con ella, como si nos conociéramos de toda la vida, aunque en realidad acabábamos de vernos por primera vez.

Al principio, me aferré con todas mis fuerzas a mi coraza emocional, tratando de protegerme de cualquier sentimiento que pudiera vulnerarme. Había aprendido a base de golpes a desconfiar del amor y a mantenerme alejado de cualquier compromiso emocional. Pero ella era diferente, desafiaba todas mis barreras con una determinación que me dejaba sin aliento.

Cada vez que intentaba mantenerme distante, ella encontraba la manera de acercarse un poco más, de desarmar mis defensas con una sonrisa traviesa o una mirada cargada de complicidad. Era como si supiera exactamente qué botones presionar para hacerme caer rendido a sus pies.

Te confesaré algo que nunca he admitido en voz alta: al principio, me resistí con todas mis fuerzas a dejarme llevar por lo que sentía por ella. Me repetía a mí mismo una y otra vez que no podía permitirme ser vulnerable, que tenía que protegerme a toda costa de cualquier herida emocional. Pero cuanto más intentaba alejarme, más fuerte se volvía la atracción entre nosotros.

Fue como si el destino se empeñara en unirnos, como si estuviéramos destinados a encontrarnos en medio del caos y la confusión. Y aunque al principio luché con todas mis fuerzas contra lo que sentía, al final no pude resistirme a la fuerza arrolladora del amor.

Como muchas historias la nuestra también podría haber sido el argumento de una película, llena de giros inesperados y emociones intensas. Éramos el ejemplo perfecto de lo que la sociedad consideraría un juego prohibido, dos almas destinadas a estar juntas pero separadas por circunstancias fuera de nuestro control.

Ella, la amiga de mi ex, yo, el ex de su amiga. Podría haber sido el escenario perfecto para un drama lleno de traición y desengaño, pero en cambio, lo que encontramos fue amor y complicidad. Descubrimos que las reglas del juego estaban hechas para romperse, que el corazón no entiende de etiquetas ni de convencionalismos sociales.

No puedo negar que al principio me resistí con todas mis fuerzas a dejar que ella entrara en mi vida de esa manera. Había aprendido a base de golpes a protegerme de cualquier sentimiento que pudiera lastimarme, a mantener una distancia segura con respecto a las personas que me rodeaban. Pero ella era diferente, desafiaba todas mis expectativas con una determinación que me dejaba sin aliento.

Poco a poco, fui bajando mis defensas y permitiéndole entrar en mi mundo interior, mostrándole cada parte de mí, incluso las más oscuras y temibles. Y lo que encontré fue que ella no solo aceptaba mis imperfecciones, sino que las abrazaba con amor y comprensión. Juntos, descubrimos que el verdadero amor es capaz de superar cualquier obstáculo, incluso los muros que nosotros mismos hemos construido para protegernos.

El amor no es un cuento de hadas, ni una fantasía perfecta. Es una montaña rusa de emociones, con sus subidas vertiginosas y sus bajadas aterradoras. Pero a pesar de todas las dificultades, el amor verdadero es capaz de mantenernos firmes en medio de la tormenta, de darnos fuerzas para seguir adelante incluso cuando todo parece estar en contra nuestra.

Con ella aprendí que el amor no es solo una ilusión pasajera, sino una elección consciente que hacemos cada día al despertar. Aprendí que el amor verdadero no es solo un sentimiento, sino una decisión de compromiso y entrega mutua. Y aunque a veces el camino sea difícil y lleno de obstáculos, sé que juntos podremos superar cualquier adversidad que se interponga en nuestro camino.

Uno de los mayores regalos que ella me dio fue el aceptarme tal como soy, con todas mis imperfecciones y defectos. En un mundo que constantemente nos bombardea con imágenes de perfección y belleza irreal, encontrar a alguien que nos ame incondicionalmente, con todas nuestras fallas y debilidades, es un tesoro invaluable.

Con ella aprendí que el amor verdadero no busca cambiar al otro, sino aceptarlo tal como es, con todas sus virtudes y defectos. Aprendí que ser vulnerable no es una debilidad, sino una muestra de valentía y honestidad. Y aunque a veces nos cueste trabajo aceptarnos a nosotros mismos, sé que con su amor y su apoyo podremos alcanzar nuestra mejor versión.

Una de las cosas que más admiro de ella es su infinita paciencia y su capacidad para entenderme incluso en mis momentos más oscuros. A pesar de mis errores y mis fallos, ella siempre está ahí, dispuesta a escucharme y apoyarme en todo lo que necesite. Es como si supiera exactamente qué decir en cada momento, como si pudiera leer mi mente y mi corazón con solo mirarme a los ojos.

Con ella aprendí que el amor verdadero no es solo una cuestión de sentimientos, sino también de compromiso y sacrificio. Aprendí que amar es mucho más que un simple acto de romanticismo, es una decisión consciente de estar ahí para el otro en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza.

Hemos vivido momentos inolvidables juntos, momentos que atesoro en lo más profundo de mi corazón. Desde las risas compartidas hasta las lágrimas derramadas, cada instante a su lado ha sido una lección de vida, un recordatorio de lo hermoso que puede ser el amor cuando se vive con intensidad y autenticidad.

Y aunque sé que el camino no siempre será fácil, sé que mientras estemos juntos podremos superar cualquier obstáculo que se interponga en nuestro camino. – decía la carta 3 días después de la ruptura.

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Después de nueve años, aquella carta volvió a cobrar valor. Ella regresó a mi vida, lista para retomar todo lo que habíamos dejado atrás. Luego de meses de interactuar por redes acordamos en citarnos en un bar de Pueblo libre y no nos soportamos por más de cuarenta y siete minutos, en ese momento supe que aquel amor no tenía absolutamente nada por delante, no había necesidad para generar continuidad.

Mientras la veía, re-confirmé que todo había cambiado entre nosotros y a pesar de que hubo un abrazo con fuerza, como si nunca hubiéramos estado separados, el tiempo nunca dejó de pasar, nunca se detuvo como ella quizás lo quiso pensar.