EL ÚLTIMO APAGA LA TELE
sábado, 16 de mayo de 2026
“Si te vas, no hay vuelta atrás”
viernes, 14 de noviembre de 2025
Noviembre, las cartas que nunca envié (2)
A veces pienso que si alguien leyera mis notas, todas esas cartas que nunca envié, terminaría convencido de que necesito terapia urgente. Y quizá tendría razón. Pero tampoco es que uno pueda psicoanalizarse frente al espejo sin sentirse un poco idiota.
Además, ¿qué psicólogo se recetaría a sí mismo “dos noches de honestidad brutal y una taza de cinismo antes de dormir”? Solo yo, por supuesto. Cada quien salva lo que puede.
Esa noche, la de la alergia impertinente y November Rain de fondo, dejé el celular sobre el pecho, como si fuera un desfibrilador emocional, listo para revivirme cada vez que se me muere algo por dentro. Y se me mueren cosas con facilidad: entusiasmos, promesas, ganas de madrugar.
Ahí, medio derrotado por la humedad de San Miguel y mi propia estupidez sentimental, me pregunté por qué sigo escribiendo. Por qué sigo guardando cartas como si fuesen piezas de museo, reliquias de un yo que se enamora fuerte y se olvida lento.
—¿Y qué buscas? — me preguntó la voz interna,
tan sardónica como siempre.
—No lo sé. Tal vez entenderme.
—¿Y lo logras?
—Jamás.
—Perfecto. Entonces sigue. Nadie escribe porque se entiende a sí mismo.
—Cierto — dije— Sería aburridísimo.
Volví al bloc de notas.
Abrí un texto que empezaba con un “perdón” y terminaba con un “cuídate mucho”.
Qué elegante fui incluso en mis derrumbes.
Un caballero del auto sabotaje.
Hoy, que estoy a semanas de mi cumpleaños, fecha que parece perseguirme como un recordatorio de que sigo vivo, pero no sé si mejor— me pregunto si debería hacer el ritual anual: borrar algo. Limpiar algo. Reinventarme un poquito.
Pero no lo haré.
No todavía.
Porque en el fondo, esas cartas guardadas son
mi forma de quedarme con algo de lo que fui.
No por nostalgia.
Sino por documentación: como un arqueólogo emocional que guarda pruebas de sus
catástrofes para evitar repetirlas… aunque igual las repita.
—¿Sabes qué deberías hacer? —dice mi voz,
insolente.
—¿Qué?
—Escribir menos.
—Imposible — me respondo —. Escribir es como respirar, pero con más estilo.
Y ahí sigo.
Entre mis notas y mi nariz congestionada, entre mis epifanías baratas y mis
verdades a medias.
Entre lo que viví y lo que quise vivir.
Quizá noviembre sirve para eso: para escribir lo que no se vive y vivir lo que no se escribe.
Quizá mañana, cuando vuelva a sonar ese maldito solo de guitarra que me desarma, continúe esta historia.
O quizá solo abra otra nueva nota, otra carta invisible, otro intento de decir lo indecible sin que nadie más se entere.
Por ahora basta con saber que sigo escribiendo.
Que sigo existiendo.
Y que, por irónico que suene, el psicólogo que no cobra consultas…
soy yo.
Noviembre, las cartas que nunca envié
Noviembre siempre llega con ese aire húmedo que en San Miguel no perdona ni a los pecadores, ni a los asmáticos. En mi caso, solo me regala alergias matutinas y la dignidad destruida de despertar congestionado, como si hubiese llorado toda la noche por alguien que ni recuerdo. Debe ser la humedad. O la vida. Uno nunca sabe.
Y mientras me sueno la nariz con la elegancia de un rinoceronte deprimido, abro el bloc de notas del celular. Ese es mi vicio. Hay gente que toma, que fuma, que vive buscando validaciones los fines de semana; yo reviso mi inventario de tragedias literarias. Mis cartas no enviadas. Mis mensajes borrados. Mis grandes declaraciones censuradas por la cobardía de ese editor interno que todos llevamos dentro.
Ahí están. Fieles, desvergonzadas, luminosas.
Mis textos invisibles.
Y cada palabra me devuelve un fragmento: un gesto, un olor, una voz que ya ni recuerdo si sonaba así o si mi memoria la “mejoró” para no sentirme tan mal. A veces me sorprendo al descubrir que nunca las escribí para alguien más. Que cada palabra era un espejo, uno de esos que te devuelven la verdad, pero con mala iluminación.
En el fondo, me hablaba a mí. A ese yo que todavía no entiende por qué hay personas y momentos que se van como si fueran huéspedes de hotel: sin despedirse, sin recoger sus cosas emocionales… y por supuesto, sin cerrar la puerta.
Tal vez por eso estas cartas siguen aquí, sin destino. Porque, siendo honestos, si las hubiera enviado, seguro ahora estaría esperando una respuesta que nunca llegaría. Y noviembre no está para más decepciones; ya bastante tiene con el clima, la humedad y mis alergias existenciales.
Antes las escribía en cuadernos viejos que olían a humedad y culpa. Ahora viven en el celular, donde todo parece menos dramático y más moderno, como si hubiera actualizado mis neurosis a iOS 17 o la última versión comercial. Lo llamo crecimiento personal.
Leo una nota que empieza con “te extraño” y termina con un punto final que podría ganar un premio a la cobardía literaria. Otra dice: “No debí decir eso”. Y otra más honesta: “Eres idiota, pero te quiero igual”. Todas archivadas, como hijos ilegítimos que nunca reconocí.
—¿Otra vez escribiendo? — me pregunta mi voz
interna, la única que me critica gratis.
—Obvio. — respondo —. Nadie me juzga mejor que yo mismo.
—¿Y a quién le piensas enviar eso?
—A nadie, por supuesto. ¿Tú crees que me voy a exponer así?
—Ah, perfecto. Escribes para sufrir nomás.
—Exacto, es mi cuota de autoflagelación.
Lo bueno de escribir textos o párrafos que nunca envío es que nadie puede corregirme. Ni reclamarme. Ni pedirme explicaciones. Son monólogos sin interrupciones, y yo, modestamente, soy excelente hablando solo. (amo mis espacios)
Noviembre siempre me pone en ese plan introspectivo, pero no por triste: por costumbre. Es como si mi cerebro decidiera hacer inventario emocional antes del cierre de año. Reviso mis errores, mis arrepentimientos y mis momentos brillantes (que algunas veces son menos de los que creo, pero más de los que admito).
A veces me sorprendo encontrando ternura en mis antiguas neurosis. Leo cosas que escribí en abril o años anteriores y pienso: “qué dramático era ese tipo”. Y luego recuerdo que ese tipo sigo siendo yo. La evolución está sobrevalorada.
Y encima, Falta poco para mi cumpleaños.
Cinco de diciembre.
Una fecha muy útil para recordar que he envejecido con dignidad dudosa, pero
con buen sentido del humor, que es más importante.
Cada año digo que haré algo distinto: viajar, beber menos, escribir más, escribir mejor, ser un adulto funcional. Siempre termino igual: escribiendo en el bloc de notas como un adolescente tardío que se hace el fuerte sin superar todo, pero lo narra bonito.
—¿Y qué piensas hacer este cumpleaños? — me
pregunta la voz otra vez.
—Lo de siempre: fingir que no me importa.
—¿Y sí te importa?
—Obvio. Pero no se dice. Uno pierde poder.
—Eres una joya de la falsedad.
—Gracias, hago lo que puedo.
Mientras reviso mis notas llega November Rain.
Esa canción no entra: se instala. Axl parece cantar para mí, como si supiera
que estoy escribiendo otra carta condenada a no enviarse. Como si hubiera leído
mis notas clandestinas. Y pienso: qué conveniente sería que la vida tuviera
solos de guitarra así para dramatizar sin culpa.
La canción sigue sonando y empieza esto: “Nothing lasts forever, even cold November rain…” Y pienso: qué frase tan cierta, tan maldita, tan perfecta. Porque todo se acaba, hasta el dolor, aunque uno insista en sobarlo para comprobar que todavía está ahí. A veces tenemos esa costumbre, la de tocar las cicatrices, la de reabrir lo cerrado solo para sentirse vivo.
El coro sube. La alergia también. La emoción, ni te cuento.
Y ahí me tienes: congestionado, inspirado, escribiendo líneas que quizá mañana
borraré porque me parecieron demasiado intensas o demasiado sinceras o
demasiado yo.
Pero vuelvo a escribirlas igual.
Porque escribir es mi manera de existir.
Mi manera de hacer catarsis sin pagar psicólogo,
lo cual es irónico, considerando que el
psicólogo soy yo.
Mi manera de decir lo que no digo cuando hablo, lo que callo cuando sonrío, lo
que pienso cuando finjo que no pienso nada.
Lo guardo todo. Lo archivo. Lo escondo.
Textos que nunca envío, pero que escribo con un descaro casi romántico.
Quizá este año, solo quizá, me atreva a borrar
alguna el cinco de diciembre.
Pero también es probable que no.
Las cartas no enviadas son parte de mi encanto.
O de mi desgracia.
O de ambas.
Al final da igual.
Mientras haya noviembre, humedad , viento a doquier y un bloc de notas con espacio libre, yo
seguiré escribiendo mis verdades a medias, mis mentiras sinceras y mis
confesiones clandestinas.
Es un vicio, mi vicio.
Un talento.
Una maldita ternura.
lunes, 3 de junio de 2024
Gol gana.

Uno crece, no hay mucho misterio ahí. Se estira, se
ensucia, se rompe, se arma, y de pronto despierta un día con la certeza
irrefutable de que ya no es el chiquillo que jugaba “gol gana” con pantalón
corto y rodillas peladas.
Pero hay barrios (como uno donde viví) donde uno no
siempre crece en línea recta, sino a golpes, empujado por las circunstancias,
moldeado a la fuerza por la sociología más salvaje que existe: la calle.
En algunos distritos o zonas de Lima, la calle
nunca es solo calle, muchas veces es teatro, es ring, es universidad, es
burdel, es capilla. A veces todo al mismo tiempo y así entendí que uno no
siempre madura; uno se endurece.
Parte de mi infancia, mi barrio fue La Huaca Rosada
(esa reliquia prehispánica convertida en vaticano pagano) era el mejor refugio
que muchos podríamos pedir. Ahí estudiábamos sociología sin saber pronunciarla:
los códigos del miedo, los silencios, el temperamento de los padres borrachos,
el olor del PBC mezclado con bizcochos de la panadería del tío Víctor y la
ética de sobrevivir sin llorar mucho.
En ese barrio convivíamos diversas personalidades
sin pudor, allí estábamos:
- Los niños del parroquial, de chaleco azul marino y cuadernos forrados.
- Alumnos de colegio particular y nacional.
- Los chicos adinerados, con zapatillas importadas y loncheras empaquetadas.
- Por otro lado, los de la zona movida, los que desde los 10 ya sabían identificar el olor del PBC antes que el de un sándwich mixto.
Y aun así todos jugábamos juntos, sin roches. La
democracia perfecta del barrio era: si sabías patear, tumbar o correr, estabas
adentro. Punto.
Yo era (según decían) el tranquilo.
¡Sí, ese!
El que hacía las tareas, el que sacaba buenas
notas, el que otros papás elogiaban.
Y aun así, por algún extraño magnetismo, pasaba más tiempo sentado con los chicos ojerosos, los que hablaban de sus casas como trincheras, los que ya conocían las palabras prohibidas que los padres fingían no escuchar.
Quizá ahí empezó cierta vocación escuchando a los que nadie oía, entendiendo códigos que ningún hermano o sacerdote parroquial quería admitir que existían, navegando entre dos mundos que parecían opuestos pero que se tocaban por debajo como amantes prohibidos.
Y como en toda infancia, estaban los personajes que marcarían la generación.
Pepe: El líder natural.
Hermoso, insolente, con esa sonrisa que te hacía
creer que no le temía a nada porque, de hecho, no le temía a nada.
Si Lima tuviera bandera propia, sería Pepe
sosteniéndola con los brazos abiertos, sudado, victorioso después de una pelea
en la pista.
Juan Diego: El hermano menor.
El sensato, el que calculaba el riesgo, el que
sabía cuándo correr y cuándo quedarse.
La conciencia moral que nadie escuchaba, pero todos
necesitaban.
Julián: El atleta.
Con piernas hechas para escapar de la mediocridad.
Si hubiera nacido en otro país, quizá ya tendría
una estatua; aquí solo tenía una jauría de chicas detrás y un futuro pendiente
de un hilo llamado “suerte”.
El Titi: El villano oficial.
Flaco, nervioso, siempre con hambre y siempre con
odio.
Fumaba desde los doce, robaba desde los diez y
parecía estar en guerra con un enemigo que solo él veía.
Más adelante sabríamos su tragedia (o quizás su
destino) pero en ese momento era el antagonista perfecto.
Gerson: El pituco camuflado.
Casaca Tommy, pelito peinado, olor a colonia cara.
Jugaba tenis según su mamá y guerra urbana según
nosotros.
Nunca lo admitió, pero él necesitaba más que nadie
ese barrio que intentaba ocultar.
El Chato: Amigo y vecino.
Pertenecía a la liga juvenil de básquetbol.
Pandillero nato, era por quién más tuvimos
problemas con otros barrios.
Dueño de la pelota de tenis que ahora me hace
reconocer un síntoma a los diez años.
Y estaba Alberto.
Mi hermano mayor sin trámite notarial.
Mi padrino secreto.
El único que entendía mi ansiedad cuando ni yo
sabía que se llamaba así.
Yo era el que observaba todo.
El que entendía.
El que iba recogiendo sobre pensando desde pequeño,
quién sin querer ya se iba preocupando porque cosas ajenas a su edad.
La pelota de tenis (síntomas prematuros)
Tenía once años cuando ocurrió mi primer síntoma
infantil.
Perdí la pelota del Chato.
Sí, una simple pelota verde.
Pero el Chato la reclamó con gritos, amenazas y
mirada de “te saco la mierda”.
Yo sabía que no me pegaría (ya le había ganado
antes).
Eso podía aguantarse.
Pero mi ansiedad no sabía eso.
Caminé a casa con el estómago encogido, el pecho
inflado a pulso perdiendo la respiración constantemente, imaginando mil formas
de devolverle esa pelota.
Llegué a casa a las ocho, sin hambre, con la cara
que cualquier madre decente reconoce como: “algo le pasó a mi hijo”.
No dormí.
Solo fabriqué escenarios catastróficos en mi
cabeza.
A la mañana siguiente apareció Alberto.
Había visto todo.
- Oye,
tu hermano tenía una pelota en su mochila - me dijo-. No es del mismo color,
pero sirve.
Yo le confesé que había llorado toda la noche.
Él me abrazó.
- Acá
voy a estar pa’ ti, huevón - dijo con esa mirada áspera que solo dan los
adolescentes buenos en barrios malos.
No era la primera vez.
No sería la última.
Cuando mis patines se rompieron antes de la carrera por la Medalla Milagrosa, él me dio los suyos fingiendo que ya no le quedaban.
Y como si fuera poco, juntos, sobre la longboard, atravesamos peligros, callejones, perros rabiosos y vacíos existenciales hasta que un día dejamos el barrio de la pelota para movernos a otros circuitos sociales.
La longboard nos sacó de la Huaca por la puerta falsa.
Alberto abrió ese camino.
Yo solo lo seguí.
Hoy, cuando lo pienso, duele.
Duele feo.
Porque ya no está.
Y lo extraño demasiado.
Entre los 11 y 14 todo cambió.
El fútbol todavía importaba, sí, pero ya no tanto
como las miradas largas, los cuerpos, las hormonas traicioneras.
En la Huaca, las noches olían distinto.
Había peligro, sí, pero también había algo
excitante.
Ese “algo” que te hacía caminar más lento cuando
pasaba la chica de la cuadra tres o cuando uno de la hermana de tus propios
amigos caminaba cerca y te dabas cuenta (sin querer admitirlo) de que estabas
mirando demasiado.
Nos hicimos hombres a empujones.
Con culpa, curiosidad, miedo y deseo mezclados en
un cóctel tóxico y delicioso.
Y en esa mezcla uno descubre cosas: quién eres,
quién no eres, quién finges ser, quién no te atreves a admitir que quieres ser.
Algunos experimentaron temprano.
Otros se escondían.
Otros mentían mejor.
Tenía 14.
Era uno de esos veranos interminables en los que el
cielo es gris pero igual hace calor.
Estábamos los de siempre en la esquina, bebiendo
una gaseosa Lulu de dos litros que sabíamos que alguien no había pagado.
El Titi llegó con su cortejo de buscavidas.
Había humo, había malas intenciones.
- ¿Qué
fue, monses? - dijo él, cargando el insulto como una piedra lista para lanzar.
Pepe no retrocedió. Nunca lo hacía.
- Búscate
un escenario más grande, Titi. Aquí estamos conversando.
- Ah,
sí? ¿Y quién te dio permiso de hablar?
Pero el problema no era la frase.
Era el tono.
Ese tono que solo usan los hombres que quieren
recordar que pueden destruirte.
Lo que vino después fue inevitable.
Golpes, tierra, gritos.
Julián lanzándose como si fuera la final de la
Libertadores.
Juan Diego intentando separar.
Gerson llorando sin que nadie lo note.
Yo, el tranquilo, recibiendo una patada que hasta
ahora siento en los sueños.
Y sobre todo…
esa sensación de haber cruzado un umbral del que ya
no se vuelve.
Ese día comprendí que todos éramos huérfanos
de algo.
El padre del Titi apareció.
Borracho.
Gritando.
Pegándole ahí, delante de todos.
Nadie habla de eso, pero ese día todos supimos que
el villano también tenía su propio villano.
Y creo que fue ahí donde probablemente mi vocación
se volvió irreversible.
Yo no quería salvar al mundo, no soy tan ingenuo.
Quizás yo quería entenderlo.
Descifrar y entender ese grado emocional del dolor ajeno.
Encontrar de dónde vienen las sombras que se
adhieren al cuerpo como un tatuaje involuntario,
Nadie es malo porque sí.
Siempre hay un infierno detrás.
Ese día nos marcó a todos y
muchos nos aislamos.
Alberto siguió siendo mi ángel callejero unos años
más.
Él fue quien me sacó de la Huaca sin violencia, sin
sermones, sin promesas:
solo rodando.
Porque la longboard fue nuestra fuga elegante.
Mientras otros se quedaban atrapados en la cancha
de tierra, nosotros aprendíamos a movernos por circuitos más grandes, más
abiertos, donde el barrio ya no nos definía tanto. La tabla nos llevó a otros
parques, otras amistades, otras conversaciones donde nadie nos gritaba
“conchesumadre” desde la ventana de un tercer piso. (qué ricos recuerdos)
La Huaca dejaba de ser patria y se convertía en
recuerdo.
Y ese tránsito (ese tránsito exacto) fue mi primera
experiencia de ascenso social, aunque fuera emocional.
Y como pasa con todo lo importante, cuando
desapareció, no me di cuenta de inmediato, pero se sintió. Porque hay ausencias que pesan más que todas las
presencias juntas.
Crecimos todos, pero cada uno por su lado.
- Pepe terminó de actor, más fotogénico que sensato.
- Julián llegó a la liga profesional y solicitado en
el extranjero; ahora nos reúne para aportar en las chocolatadas de nuestro ex
barrio.
- Gerson se casó con una chica de la tele.
- El Titi… bueno, no todos pueden salvarse.
- Y Alberto… Alberto será otra historia. La más dura.
La más verdadera.
Yo terminé estudiando psicología. Tal vez siempre estaba la vocación, desde los diez,
cuando buscaba comprender por qué un chato gritón podía arruinarme el sueño o
por qué un amigo que me protegía podía desaparecer tan pronto.
Al final, la Huaca no fue solo un barrio.
Fue un manual de supervivencia.
Crudo, obsceno, luminoso, violento, triste y
maravilloso.
Y aquí estoy, escribiendo esto como quien abre una
ventana en plena madrugada, esperando que entre un soplo de aire, aunque sea un
poco.
Porque uno puede crecer en cualquier parte de Lima.
Pero ser formado por un barrio particular es otro
nivel de educación.
Una que no perdona, pero tampoco traiciona.
Una que te acompaña para siempre, como una sombra
fiel.
Y de algún modo, escribir esto es volver.
Volver para entender.
Volver para despedirme.
Y entender esa frase que me pertenece: Gol gana.
Porque en la vida, igual que en el barrio, uno
nunca sabe cuándo se acaba el partido. Ni quién mete el último gol. Ni si el
árbitro existe.
Pero hay que jugarlo igual.
Con miedo.
Con sudor.
Con ironía.
Con cicatrices.
Y con una sonrisa terca, de esas que aprendí en el
barrio donde crecí.
viernes, 10 de septiembre de 2021
Nunca Subestimes Un 'Me Quiero Morir'
¡Ah, carajo!
Aquí estamos otra vez, tú y yo, repitiendo el ritual más decadente del ser humano contemporáneo: sobrevivir otro día sin saber muy bien para qué. La vida patas arriba, el ánimo arrastrándose por el piso, y esa sensación tan familiar de que el universo ha decidido, democráticamente, tocarte los huevos.
Afuera, todos parecen brillar con una alegría casi ofensiva, como si la felicidad les brotara por ósmosis; mientras tanto, tú te quedas encerrado en tu cuarto, respirando una oscuridad espesa y un silencio tan ruidoso que casi zumba. Y ahí, en medio del desastre, descubres que el único personaje realmente perdido en esta historia eres tú. Qué sorpresa.
Las parejas se resquebrajan, los amigos hacen mutis por el foro, la familia se esfuma como si hubieran firmado un pacto de invisibilidad. Todo se desmorona con una precisión casi poética. Y tú, aguantando, calladito, como buen soldado emocional, hasta que, porque siempre hay un “hasta que”, ¡zas!, el detonante. Ese golpe final que no es una cereza del pastel, sino más bien un ladrillazo cósmico directo al cráneo.
La rabia, la tristeza, el miedo, la vergüenza…
todas esas emociones llegan como una ola helada en pleno invierno limeño: te
golpean sin permiso, sin aviso y sin misericordia.
Y claro, tus demonios, esos que juraste haber jubilado, vuelven con entusiasmo sindical, exigiendo protagonismo. Te susurran, te empujan, te provocan. Y tú, agotado, atrapado en un laberinto mental que no diseñaste, empiezas a coquetear con la idea más peligrosa: dejar de existir.
Ni almorzar pudiste hoy. No porque se te pasó, no, qué va, sino porque el hambre simplemente renunció. Abandonó el cuerpo. Y te dejó con ese vacío en el estómago que no es físico, es existencial; ese mareo suave que te recuerda que estás vivo, aunque no tengas la menor idea de para qué.
Y claro, aparece ese pensamiento torcido:
“Al diablo todo. Si me voy, al menos deja de
doler”.
Lo sé. Has imaginado el plan, el método, la escapatoria elegante al abismo. Te entiendo más de lo que te gustaría. Todos, en algún momento, todos, hemos mirado de reojo ese precipicio silencioso.
Pero respira. Aquí viene la parte incómoda, la
honesta diría yo.
Pregúntate sin maquillaje: ¿Quieres morir o solo
quieres dejar de sufrir?
Exacto! Ahora sí estamos hablando.
¿Cuál es el maldito problema que necesita
solución? Escríbelo. Sin filtros, sin poesía. En papel, en tu celular, en la
pared si hace falta. Vomítalo, saca a flote todo aquello que perturba.
Pero antes, haz algo básico: párate y mójate la cara. O métete a la ducha más fría que permita tu dignidad. Para esta locura. Come algo. Pon música que te suba, que te mueva, que te devuelva un poquito de arrogancia divina. Y por el amor propio que aún te queda, no pongas esa playlist deprimente que conoces de memoria y que es básicamente un manual de autodestrucción musical.
Habla.
Con alguien.
Con quién soporte tus silencios.
Con quien sea que te escuche sin burlas ni
sermones.
Escríbele a ese amigo que siempre vuelve.
Llama al 113 si no tienes a nadie cerca o camina
a un hospital, da lo mismo: lo importante es que abras la boca y sueltes el
peso.
Porque (y esto te lo digo con el corazón en mano)
el suicidio nunca es la solución.
Callar te hunde. Hablar te agrieta, sí, pero
también te salva.
Es un golpe seco que no solo te mata a ti: pulveriza a los que te aman (nos marca y deja una cicatriz difícil de obviar) deja respirando culpa, mucha culpa, preguntas sin respuesta, noches enteras reconstruyendo lo que nunca sabrán. Algunos quedan vivos, sí, pero no completamente. Arrastran la sombra de tu ausencia como un tatuaje que no pidieron.
Y, sin embargo, aquí estamos. Tú, intentando no
romperte.
Yo, recordándote que, aunque la vida a veces sea
una mierda exquisita, todavía vale la pena quedarse.
Aunque sea por curiosidad.
Por despecho.
Por rebeldía.
O simplemente para ver qué carajo pasa mañana.
Datos y cifras:
- Cada año se suicidan cerca de 700 000 personas.
- Por cada suicidio consumado hay muchas tentativas de suicidio.
- En la población general, un intento de suicidio no consumado es el factor individual de riesgo más importante.
- El suicidio es la cuarta causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años.
- El 77% de los suicidios se produce en los países de ingresos bajos y medianos.
- La ingestión de plaguicidas, el ahorcamiento y el disparo con armas de fuego son algunos de los métodos más comunes de suicidio en el mundo
sábado, 30 de mayo de 2020
El Monstruo y yo

Ser hijo
único es una desgracia cómoda. Uno se acostumbra a que todo gire alrededor de
su respiración: mamá pendiente, abuela vigilante, papá ausente, pero opinólogo.
Yo crecí así: un pequeño emperador sin corona, mimado, pero solo, creyendo que
tenía la razón incluso cuando no tenía ni la menor idea de nada.
Pero la
realeza se vino abajo el día que mis padres decidieron convertir su matrimonio
en un coliseo romano. Yo, claro, fui el gladiador más barato: ese que nadie
defiende, el que arrojan al centro para distraer mientras los adultos se
despedazan.
Mi madre
y mi abuela —las dos mujeres que Dios puso para que yo no terminara siendo un
pequeño sociópata— buscaron ayuda profesional. Les agradezco: en ese punto yo
era un adolescente que se escondía detrás de un cigarrillo mal prendido, con
ataques de ansiedad y noches tan largas que parecían vivir dentro del insomnio.
Ahí
apareció el Dr. Sáenz.Un hombre paciente, serio, que hablaba con pausas medidas
como si cada frase fuese una receta. Le debo más de lo que él podría imaginar.
Fue él quien pidió terapia familiar. Fue él quien vio que yo me estaba
rompiendo. Fue él quien dijo: “o arreglan esto, o el chico no llega a la
adultez emocional”.
Papá,
naturalmente, se negó. Para él, la salud mental era un invento de débiles. Una
mariconada moderna.
- ¿Psiquiatra? - gruñó.
¿Y qué sigue?
¿Qué te vuelvas artista? Yo respiré hondo. Lo gracioso es que con el tiempo sí terminaría siendo artista, solo que del desastre emocional.
La
primera sesión fue en un consultorio que olía a libros húmedos y café frío.
Él sonrió como si hubiese escuchado una confesión. - Perfecto. Vamos avanzando.
Recuerdo
esas noches en las que yo fingía dormir en la cama de mi abuela mientras todos
lloraban. Lloraban de miedo, de rabia, de nostalgia, lloraban porque llorar era
lo único que quedaba. Yo estaba hecho un ovillo, conteniendo la respiración,
escuchando cómo el dolor se hacía música triste en la sala. Era como
protagonizar una obra de teatro sin diálogos, donde lo único libre era el
llanto.
Hasta que
un día, mejor dicho, una madrugada, la escena cambió.
El
hospital de Magdalena (pabellón B3) era otra dimensión. Una mezcla entre
universidad pública mal financiada y cárcel emocional. El olor era una mezcla
de cloro barato, leche recalentada y desesperación humana.
Le daba
las migajitas de pan con leche que guardaba en el bolsillo. Él las aceptaba
como si fueran monedas de oro. Me seguía a todas partes, no por hambre, sino
por lealtad. Era mi sombra. Mi animal totémico en un pabellón lleno de almas
quebradas.
Entre
esas paredes descubrí que la locura no tiene rostro, tiene ritmo.
Un chico repetía salmos.
Una señora pedía perdón en voz baja.
Un hombre hacía cálculos invisibles con los dedos.
Yo pasé
por eso.
Después
de todo, ese monstruo también soy yo.
lunes, 4 de mayo de 2020
La Deuda de la Prostituta

miércoles, 11 de septiembre de 2019
El duelo
El duelo se convierte en una batalla constante donde solemos terminar presos del frenesí.La diferencia radica en el tiempo, el común se manifiesta y termina aproximadamente en seis y ocho meses, el patológico se alarga en el tiempo.
-¡Gonzalo!Intenta volver a escribir , regresa a aquellos espacios donde te sentías cómodo - dijo el psicólogo casi al culminar la sesión. Cerré los ojos y el papel comenzó a teñirse.
(texto escrito) 15:35:10 viernes de mayo
Cuando encuentras tiempo para ti solo, en realidad no lo estás, en tus pensamientos hay personas, gente de mierda atormentando, acusando, juzgando y golpeando tu cerebro, jugando con serotonina y dopamina, matándolas, dejándolas casi ausentes, desapareciendo, pocas conexiones, mucha tristeza. Mucho sonido, ruido de chillidos, sin dar oportunidad al silencio, a la quietud, al bienestar, paz del corazón, paz de las almas; ¿Dónde está? ¿ Dónde está mi paz?
Mi mar en quietud, el cielo despejado, mi dirección correcta, mi sonrisa... ¿mi sonrisa? pero dicen que todo es un sueño, no pasa realmente, eres parte de la alucinación de un hombre drogado, eres imagen antigua. ¿Soy un buen delirio?
- ya despierta-
miércoles, 3 de junio de 2015
Feliz día Desconocido
De todos modos, habían pasado muchos años sin su llamada y empezaba la mañana feliz de un mal día porque este día un hombre que se jacta por ser feliz, destruía nuevamente el amor de un niño de once años.
Gracias papá por nunca haber estado a mi lado a la hora de una festividad como hoy, por permitir que me sienta mal durante estos días, como cuando solía quedarme con aquel regalo que muy entusiasmado preparaba junto a los amigos de primaria, en verdad, te pasaste.
Gracias por desaparecer todos los recuerdos que creé en mente sobre ti, por hacerme olvidar que en algún momento regresarías por aquella calle a tres cuadras de la esquina. ¿Ahí solías llevarme a comprar dulces?
Gracias por demostrar que podía seguir adelante sin tu imagen al lado, por enseñarme sin que lo hayas pensado a vivir, a madurar y a tratar de entender lo que un niño desde los seis años no está acostumbrado. No negaré que sobrellevé muchos sucesos, entre ellos recuerdo los juegos forestales, todos asistían con ambos padres, pero yo te inventaba una enfermedad, esa fue mi manera de excusar tu ausencia en cada evento. Te he querido mucho ¿no?, puede parecer curioso, pero ambos sabemos que todo cansa.
Gracias porque sin querer me refugié en lo oscuro de una enfermedad.
No pidas un respeto que nunca enseñaste, no reclames una llamada para saludarte porque yo pedía las pedías de manera recurrente y nunca cediste, ahora te empeñas en la necesidad de una reconciliación cuando ves frutos que nunca cultivaste, me jode no saber quién de nosotros es más injusto.
Aún recuerdo la última Navidad, estás ahí sonriendo, pidiendo que habrá aquel regalo que prometiste enseñar a manejar. -No llores huevón, porque yo lloré mucho más por las caídas- A mí no me enseñaron a manejar mis tíos, ni los padres de mis amigos. Lo aprendí solo.
¿Es tarde no?
Gracias por los espacios en las fotos, sin quererlo tus
últimas imágenes desaparecieron, ocurrió sin querer cuando lloraba mientras las
lágrimas caían sobre aquellas fotos que escondía en una pequeña caja por el
cuarto de la azotea, aquella azotea que solía recibirme cuando me fregaba en
llanto preguntándome el porqué de tu decisión, y en la inocencia juraba
pensando que tú nos buscarías.
Gracias por no haberme pegado cuando decía que estabas enfermo o que habías salido de viaje. Me enseñaste a cubrir muy bien los vacíos, fíjate, después de todo aprendí que te necesitaba demasiado, pero asumí que era demasiado.
Había idealizado tanto tus llamadas que hoy las espero con normalidad. Te imaginaba preguntando por mí, indagando actos para cuestionar mis rumbos, para decirme o aunque no lo creas para que me grites o si es que te parecía lo correcto; golpearme.
Pasé varios momentos pensando en portarme mal con el fin de llamar tu atención, de que me recurrieras pero fuiste un completo desconocido, nunca vi tu sombra en el hospital, nunca escuché tus pasos en las noches, nunca llamaste al celular, nunca te dignaste a hablarme de la masturbación, nunca recibiste las cartas que te dediqué, nunca supiste que gracias a ti empecé a escribir, nunca me has escuchado recitar, nunca te has alegrado con mis calificaciones, nunca me has perdonado de nada porque nunca supiste nada de mí y todo eso porque no buscaste maneras de llegar.
¿Por qué tanta farsa oculta tras una sonrisa?
Mis exámenes con notas aprobatorias fueron la consecuencia de querer demostrar lo orgulloso que podías haberte sentido, pero me recordabas que todo era en vano.
Gracias por tu mínima resistencia a mi olvido, por dejarte morir con algún personaje y por el grado de madurez que adquirí por ti.
¡Gracias por todo Pá!
lunes, 8 de septiembre de 2014
Porlas
Por las esquinas estuve vagando cual loco calato en busca de mugre. Por las mañanas en las que me perdía en ti, como cuando fumaba tratando de olvidar todo… jamás resultó.
Por las esperanzas que creó mi titiritero en alguna laguna gris, aquella misma que cumple el rol de sepulcro de penas cuando me abandono cerca de algún nuevo inicio y cada vez es más frecuente. Por las calles que nunca recorreré a tu lado. Por las veces que te pediré perdón no existiendo culpables, peor aún, sabiendo que nunca responderás.
Por las historias que creamos sin haberlo planeado; soy yo quien te rinde homenaje, sé que sientes orgullo al saber que no pierdo rumbos y que ando cual marinero en busca de nueva tripulación.
Por las veces que me llegó esperar sentado, fingiendo esperarte. Por las carencias de un abrazo fuerte que quise volver a encontrar.
Por las veces que no quise escucharte y que día a día son las cadenas que arrastro. Por las palabras tan mierda que solíamos repetir. Por las semillas de afecto que sembramos en febrero de hace diez años, siendo pequeños majaretas que no sabían entender.
Por las visitas a círculos que nunca quise acceder, siendo desde pequeño un completo antipático. Por las tardes oscuras de parque donde siempre fui el vencedor, fui yo quien nunca lo quiso asimilar. Por las veces que quería salir ganando en todo y en las cuales ustedes me aceptaban como tal.
Por las veces que callo tanto para quedar bien ante cualquier episodio. Por las ganas de pensar que mañana estarás nuevamente a mi lado, simplemente hasta hoy no es fácil.
Por las noches en las que me afano en recurrir a que me protejas, porque aunque no lo creas no soy el mismo de antes. Por las veces que pienso pedirte que me dejes ir en paz, sacando de la mente aquella imagen tan cruel de despedida.
Simplemente por las escribo todo esto, sabiendo que nunca lo leerás.
Y así, en este laberinto de textos, elaborados por recuerdos y susurros, me encuentro, buscando respuestas en un universo que parece negarme la salvación. Pero al final del día, sé que el viaje vale la pena, porque en el eco de nuestras memorias y en la melodía de nuestros suspiros, encuentro la esencia misma de lo que significa por siempre una amistad. Porque aunque los días se desvanezcan en la penumbra del olvido, nosotros somos inmortales, una chispa eterna en el vasto universo del tiempo.
La vida es jodida, ¡sí! y nos llevará por caminos inesperados, muchas veces, encontrándonos con desafíos que parecen insuperables. Pero, vamos, en esos momentos difíciles es cuando más brillamos. Porque no estamos solos. Hay amor y apoyo a nuestro alrededor, incluso cuando no podemos verlo. Y aunque perdamos a nuestros seres queridos, su amor y su legado siguen viviendo en nosotros, dándonos fuerzas para seguir adelante.
Así que si estás pasando o recordando una situación similar, levanta la cabeza, ponte tus mejores zapatos y sigue caminando con la cabeza en alto. Porque aunque extrañemos a aquellos que han partido, su amor nos acompaña en cada paso que damos, iluminando nuestro camino y recordándonos que nunca estamos solos en este vasto universo. Porque al final del día, el amor es lo único que perdura, trascendiendo el tiempo y el espacio, y recordándonos que somos más fuertes de lo que creemos. Así que brinda por los recuerdos, por favor, y sigue adelante con la confianza de que los mejores momentos siempre prevalecerán.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Papeles Perdidos
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| Papeles Perdidos |
Recuerdo que me encontraba perdido en mis pensamientos,
caminando por una de las aceras del aeropuerto, cuando de repente, como
un destello en medio de la oscuridad, ella apareció.
Su presencia era como una bocanada de aire fresco en medio
del sofocante calor urbano. Sus ojos, profundos como el océano en calma, me
atraparon al instante. No pude evitar sentir una extraña conexión con ella,
como si nos conociéramos de toda la vida, aunque en realidad acabábamos de vernos
por primera vez.
Al principio, me aferré con todas mis fuerzas a mi coraza emocional, tratando de protegerme de cualquier sentimiento que pudiera vulnerarme. Había aprendido a base de golpes a desconfiar del amor y a mantenerme alejado de cualquier compromiso emocional. Pero ella era diferente, desafiaba todas mis barreras con una determinación que me dejaba sin aliento.
Cada vez que intentaba mantenerme distante, ella encontraba
la manera de acercarse un poco más, de desarmar mis defensas con una sonrisa
traviesa o una mirada cargada de complicidad. Era como si supiera exactamente
qué botones presionar para hacerme caer rendido a sus pies.
Te confesaré algo que nunca he admitido en voz alta: al
principio, me resistí con todas mis fuerzas a dejarme llevar por lo que sentía
por ella. Me repetía a mí mismo una y otra vez que no podía permitirme ser vulnerable,
que tenía que protegerme a toda costa de cualquier herida emocional. Pero
cuanto más intentaba alejarme, más fuerte se volvía la atracción entre
nosotros.
Fue como si el destino se empeñara en unirnos, como si
estuviéramos destinados a encontrarnos en medio del caos y la confusión. Y
aunque al principio luché con todas mis fuerzas contra lo que sentía, al final
no pude resistirme a la fuerza arrolladora del amor.
Como muchas historias la nuestra también podría haber sido
el argumento de una película, llena de giros inesperados y emociones intensas.
Éramos el ejemplo perfecto de lo que la sociedad consideraría un juego
prohibido, dos almas destinadas a estar juntas pero separadas por
circunstancias fuera de nuestro control.
Ella, la amiga de mi ex, yo, el ex de su amiga. Podría haber
sido el escenario perfecto para un drama lleno de traición y desengaño, pero en
cambio, lo que encontramos fue amor y complicidad. Descubrimos que las reglas
del juego estaban hechas para romperse, que el corazón no entiende de etiquetas
ni de convencionalismos sociales.
No puedo negar que al principio me resistí con todas mis
fuerzas a dejar que ella entrara en mi vida de esa manera. Había aprendido a
base de golpes a protegerme de cualquier sentimiento que pudiera lastimarme, a
mantener una distancia segura con respecto a las personas que me rodeaban. Pero
ella era diferente, desafiaba todas mis expectativas con una determinación que
me dejaba sin aliento.
Poco a poco, fui bajando mis defensas y permitiéndole entrar
en mi mundo interior, mostrándole cada parte de mí, incluso las más oscuras y
temibles. Y lo que encontré fue que ella no solo aceptaba mis imperfecciones,
sino que las abrazaba con amor y comprensión. Juntos, descubrimos que el
verdadero amor es capaz de superar cualquier obstáculo, incluso los muros que
nosotros mismos hemos construido para protegernos.
El amor no es un cuento de hadas, ni una fantasía perfecta.
Es una montaña rusa de emociones, con sus subidas vertiginosas y sus bajadas
aterradoras. Pero a pesar de todas las dificultades, el amor verdadero es capaz
de mantenernos firmes en medio de la tormenta, de darnos fuerzas para seguir
adelante incluso cuando todo parece estar en contra nuestra.
Con ella aprendí que el amor no es solo una ilusión pasajera,
sino una elección consciente que hacemos cada día al despertar. Aprendí que el
amor verdadero no es solo un sentimiento, sino una decisión de compromiso y
entrega mutua. Y aunque a veces el camino sea difícil y lleno de obstáculos, sé
que juntos podremos superar cualquier adversidad que se interponga en nuestro
camino.
Uno de los mayores regalos que ella me dio fue el aceptarme
tal como soy, con todas mis imperfecciones y defectos. En un mundo que
constantemente nos bombardea con imágenes de perfección y belleza irreal,
encontrar a alguien que nos ame incondicionalmente, con todas nuestras fallas y
debilidades, es un tesoro invaluable.
Con ella aprendí que el amor verdadero no busca cambiar al
otro, sino aceptarlo tal como es, con todas sus virtudes y defectos. Aprendí
que ser vulnerable no es una debilidad, sino una muestra de valentía y
honestidad. Y aunque a veces nos cueste trabajo aceptarnos a nosotros mismos,
sé que con su amor y su apoyo podremos alcanzar nuestra mejor versión.
Una de las cosas que más admiro de ella es su infinita
paciencia y su capacidad para entenderme incluso en mis momentos más oscuros. A
pesar de mis errores y mis fallos, ella siempre está ahí, dispuesta a
escucharme y apoyarme en todo lo que necesite. Es como si supiera exactamente
qué decir en cada momento, como si pudiera leer mi mente y mi corazón con solo
mirarme a los ojos.
Con ella aprendí que el amor verdadero no es solo una
cuestión de sentimientos, sino también de compromiso y sacrificio. Aprendí que
amar es mucho más que un simple acto de romanticismo, es una decisión
consciente de estar ahí para el otro en las buenas y en las malas, en la salud
y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza.
Hemos vivido momentos inolvidables juntos, momentos que atesoro
en lo más profundo de mi corazón. Desde las risas compartidas hasta las
lágrimas derramadas, cada instante a su lado ha sido una lección de vida, un
recordatorio de lo hermoso que puede ser el amor cuando se vive con intensidad
y autenticidad.
Y aunque sé que el camino no siempre será fácil, sé que
mientras estemos juntos podremos superar cualquier obstáculo que se interponga
en nuestro camino. – decía la carta 3 días después de la ruptura.
Después de nueve años, aquella carta volvió a cobrar valor. Ella regresó a mi vida, lista para retomar todo lo que habíamos dejado atrás. Luego de meses de interactuar por redes acordamos en citarnos en un bar de Pueblo libre y no nos soportamos por más de cuarenta y siete minutos, en ese momento supe que aquel amor no tenía absolutamente nada por delante, no había necesidad para generar continuidad.
Mientras la veía, re-confirmé que todo había cambiado entre
nosotros y a pesar de que hubo un abrazo con fuerza, como si nunca
hubiéramos estado separados, el tiempo nunca dejó de pasar, nunca se detuvo como ella quizás lo quiso pensar.
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