sábado, 30 de mayo de 2020

El Monstruo y yo


Ser hijo único es una desgracia cómoda. Uno se acostumbra a que todo gire alrededor de su respiración: mamá pendiente, abuela vigilante, papá ausente, pero opinólogo. Yo crecí así: un pequeño emperador sin corona, mimado, pero solo, creyendo que tenía la razón incluso cuando no tenía ni la menor idea de nada.

Pero la realeza se vino abajo el día que mis padres decidieron convertir su matrimonio en un coliseo romano. Yo, claro, fui el gladiador más barato: ese que nadie defiende, el que arrojan al centro para distraer mientras los adultos se despedazan.

Mi madre y mi abuela —las dos mujeres que Dios puso para que yo no terminara siendo un pequeño sociópata— buscaron ayuda profesional. Les agradezco: en ese punto yo era un adolescente que se escondía detrás de un cigarrillo mal prendido, con ataques de ansiedad y noches tan largas que parecían vivir dentro del insomnio.

Ahí apareció el Dr. Sáenz.Un hombre paciente, serio, que hablaba con pausas medidas como si cada frase fuese una receta. Le debo más de lo que él podría imaginar. Fue él quien pidió terapia familiar. Fue él quien vio que yo me estaba rompiendo. Fue él quien dijo: “o arreglan esto, o el chico no llega a la adultez emocional”.

Papá, naturalmente, se negó. Para él, la salud mental era un invento de débiles. Una mariconada moderna.

- ¿Psiquiatra? - gruñó.

¿Y qué sigue?

¿Qué te vuelvas artista? Yo respiré hondo. Lo gracioso es que con el tiempo sí terminaría siendo artista, solo que del desastre emocional.

La primera sesión fue en un consultorio que olía a libros húmedos y café frío.

- Gonzalo, ¿qué sientes? - preguntó.
Yo pensé en decirle: “siento ganas de desaparecer”, pero respondí lo clásico:
- Nada.

Él sonrió como si hubiese escuchado una confesión. - Perfecto. Vamos avanzando.

Recuerdo esas noches en las que yo fingía dormir en la cama de mi abuela mientras todos lloraban. Lloraban de miedo, de rabia, de nostalgia, lloraban porque llorar era lo único que quedaba. Yo estaba hecho un ovillo, conteniendo la respiración, escuchando cómo el dolor se hacía música triste en la sala. Era como protagonizar una obra de teatro sin diálogos, donde lo único libre era el llanto.

Hasta que un día, mejor dicho, una madrugada, la escena cambió.

Golpes en la puerta. Voces de vecinos. Los hombres de blanco.
Esos que llegan sin preguntar, con un formulario en la mano y una frialdad que parece que les sale del uniforme.

—¿El menor está listo? —preguntó uno, sin mirarme siquiera.
Fue entonces cuando quise correr hacia mi madre.
Me agarré de ella como quien se aferra a la última tabla antes de hundirse.
Ella me hablaba al oído, casi sin voz:
—Fuerza, Gonzalo… siempre vamos a estar juntos. Acuérdate. Siempre.

Y yo, que me creía fuerte, me rompí como vidrio.
Lloré ahí, frente a todos, sin vergüenza, porque ya no quedaba nada que ocultar.

Ese fue el día en que mis cicatrices empezaron.
Las visibles y las que no había forma de explicar.

 

El hospital de Magdalena (pabellón B3) era otra dimensión. Una mezcla entre universidad pública mal financiada y cárcel emocional. El olor era una mezcla de cloro barato, leche recalentada y desesperación humana.

Las paredes parecían oyentes.
Los pasillos, túneles.
Las ventanas, excusas.

Allí conocí a Mishino.
No sé si era su nombre real o si me lo inventé, pero le quedaba perfecto: tenía algo de perro callejero, algo de juglar y algo de filósofo frustrado.
- Agáchate, causa - me dijo la primera vez con sus ojos para abrazarlo.
Yo me reí. Y desde ese día, caminamos juntos.

Le daba las migajitas de pan con leche que guardaba en el bolsillo. Él las aceptaba como si fueran monedas de oro. Me seguía a todas partes, no por hambre, sino por lealtad. Era mi sombra. Mi animal totémico en un pabellón lleno de almas quebradas.

Entre esas paredes descubrí que la locura no tiene rostro, tiene ritmo.
Un chico repetía salmos.
Una señora pedía perdón en voz baja.
Un hombre hacía cálculos invisibles con los dedos.

Y yo… yo leía.
Leía como si los libros fueran salvavidas.
Leía a Camus, a Unamuno, y aunque tenía apenas catorce años, ya sospechaba que un día iba estudiar filosofía para entender o ahondar un poco más en el por qué carajo existimos.

 

A veces veo personas caminando despacio, como arrastrando el alma.
Los ojos perdidos.
El cuerpo aquí, la mente quién sabe dónde. Y los reconozco.
No porque estén tristes.
Sino porque están peleando con alguien que nadie más ve.

El monstruo no grita: susurra.
No ataca: espera.
Y siempre gana si te agarra desprevenido.

A veces queremos ayudar, pero no sabemos cómo.
Decimos tonterías:
“Ánimo”,
“Tú puedes”,
“No estés así”.
Como si el dolor obedeciera órdenes.

Y si dices que tienes cáncer, todos te abrazan.
Pero si dices que tienes una enfermedad mental, todos te miran como si trajeras dinamita en los bolsillos. (y quizás tengan razón)

La gente teme lo que no entiende.
Y muchos no suelen entender la mente.

 

Yo pasé por eso.

La universidad fue mi segundo campo de batalla.
Llegué con ganas de destacar, de reinventarme.
Pero la sombra del diagnóstico me siguió.

-  Ah, tú eres el chico del psiquiátrico - escuché una vez.
Y descubrí que el estigma es más fuerte que la terapia.

Pero también encontré aliados:
Un profesor que me dijo:
- Gonzalo, el sufrimiento es combustible. Sólo tienes que usarlo bien.
Ese día decidí escribir.

Y así, sobreviví.
A mis humores. A mis recaídas. A mis noches sin dormir.
Al estigma.

Hoy, a mis 24 años, puedo decirlo sin vergüenza:
el tratamiento me salvó.
La terapia me ordenó.
Los años me hicieron menos cruel conmigo mismo.

Y el monstruo…
ah, el monstruo…

Ya no me persigue en las noches.
Ahora se sienta conmigo, conversa, toma café.
Hacemos las paces cada cierto tiempo.
A veces incluso lo dejo leer mis libros.

Después de todo, ese monstruo también soy yo.

Y si sigo aquí, escribiendo esto, respirando esto, viviendo esto…
es porque aprendí que uno no elimina sus monstruos: los domestica, los cuida, los convierte en historia y algún día (con suerte) los convierte en textos.



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