La primera vez que me dijo “escribe sobre mí”, pensé que estaba coqueteando. Estábamos detenidos en el auto en algún semáforo interminable de Javier Prado, sudando humedad detrás de las lunas empañadas y una canción vieja sonando tan bajo que parecía avergonzarse de existir.
Ella manejaba con una sola mano.
Siempre manejaba así.
Como si incluso el tránsito tuviera que entender que ella estaba demasiado cansada para darle ambas manos al mundo.
- Escribe sobre mí, Gonzalo - dijo sonriendo apenas - Porque esta historia te va a dejar marcado y yo solo reí con esa arrogancia miserable que tenemos algunos periodistas después de los treinta. Con esa pose gastada de hombre que cree haber visto demasiado como para enamorarse de verdad.
¡Bendito error! Porque hay mujeres que no llegan para enamorarte. Llegan para más y también para desordenarte.
Ella también era periodista, pero de las peligrosas, de aquellas que saben escuchar silencios, de las que convierten una conversación trivial en una confesión involuntaria.
Tenía esa obsesión elegante por encontrar la pepa de las historias como si el mundo fuese un cadáver abierto y ella necesitara descubrir exactamente dónde empezó la hemorragia o los síntomas.
Creo que por eso nos entendimos tan rápido.
O tan mal.
Los dos vivíamos de escribir sobre el dolor ajeno fingiendo que el propio estaba bajo control, usábamos el sarcasmo como mecanismo de defensa y teníamos esa costumbre horrible de hacer chistes o disociarnos justo cuando algo empezaba a doler demasiado. Y eso al inicio fue intoxicante.
Hablar con ella era quedarse despierto hasta las cuatro de la mañana sin darme cuenta.
Era terminar estacionado frente al mar hablando de política, sexo, infancia, traumas y canciones tristes como si todo perteneciera a la misma conversación.
Hay intimidades que empiezan en la cama pero la nuestra empezó en las madrugadas.
En los cigarros compartidos.
Con las confesiones estúpidamente honestas.
En esa forma que tenía de mirarme mientras yo hablaba como si estuviera leyendo una versión mía que ni yo conocía todavía.
Y por la puta madre… Eso engancha mucho más que el sexo.
Porque el sexo termina y la complicidad no. La complicidad se queda respirando entre dos personas incluso cuando ya empezaron a destruirse.
Yo empecé a cambiar cosas sin decirle.
Y eso quizá fue mi primer error.
Dormía tarde solo para coincidir con sus horarios imposibles.
Dejé bares donde antes me gustaba desaparecer.
Empecé a ordenar ciertas partes de mi vida que llevaba años dejando pudrirse con elegante autodestrucción.
Dejé los vicios que ella tanto detestaba y que, sin embargo, parecía disfrutar recordándome los.
Nunca se lo dije porque uno no anuncia los sacrificios cuando todavía cree que el amor va a justificarlos después, sin embargo, recuerdo que desde el inicio había algo roto en nosotros, algo que olía a incendio.
Ella tenía esa manera elegante de provocar.
Ese talento para lanzar una frase exacta y luego retirarse emocionalmente como si nada hubiera pasado y yo tenía demasiado orgullo para admitir cuánto me afectaban ciertas cosas.
Hasta que llegó esa madrugada. (dos de la mañana para ser mas exactos)
La ciudad vacía.
Lima oliendo a humedad y madrugada vieja.
Los semáforos cambiando para nadie.
Había tenido una actitud que me descuadró. No sé si fue una frase, un gesto o una indiferencia pequeña.
Algunas veces las historias importantes no explotan por grandes tragedias.
Muchas veces explotan por mínimos actos de crueldad dicha por la persona correcta.
Y me sentí vulnerable (odio esa palabra).Suena demasiado honesta para un hombre acostumbrado a esconderse detrás de la ironía. Entonces hice lo único que todavía podía controlar:irme.
Pedí el Uber mientras ella me observaba en silencio desde la cama.
Ni siquiera intentó detenerme al inicio.
Solo me miraba ponerme los zapatos como quien observa a alguien cometer un error que todavía no entiende. Y eso también me dolió y cuando abrí la puerta me dijo:
- ¿No te vas a despedir? Había algo infantil y triste en esa pregunta, algo que me rompió un poco.
Me acerqué y nos miramos apenas unos segundos.
Y entonces preguntó:
- ¿Estás seguro?
Le dije que el Uber ya había llegado y ahí lanzó la frase. (terminal)
Una frase que llevo días escuchando repetirse dentro de mi cabeza como una canción insoportable.
- Si te vas, no hay vuelta atrás. Yo soy bien resentida.
Debí quedarme callado.
Debí abrazarla.
Debí besarle.
Debí actuar como un hombre emocionalmente estable y no como otro idiota orgulloso intentando sobrevivir al ego.
Pero cuando uno está herido, el orgullo siempre habla primero, así que respondí: - Somos.
Y mierda, qué palabra tan pequeña para decir algo tan triste.
Porque sí.
Éramos eso.
Dos resentidos profesionales.
Dos periodistas demasiado inteligentes para no destruirse.
Dos personas escondiendo cariño detrás de frases filudas.
Me fuí.
Y mientras el Uber avanzaba por una avenida brasil húmeda y vacía, sentí esa presión horrible en el pecho que aparece cuando todavía amas a alguien pero empiezas a sospechar que quedarte podría terminar rompiéndote lentamente.
Ella me escribió apenas subí al auto.
Respondí cortante.
Como responden las personas que todavía esperan, secretamente, que las detengan.
Después vino el silencio.
De pronto llegaron los días y así fueron pasando.
Días haciéndome el fuerte, convenciéndome de que hice lo correcto y descubriendo que el orgullo sirve para muchas cosas excepto para dormir tranquilo.
Recuerdo que una mañana preparé café.
Releí aquellas conversaciones como un alcohólico emocional buscando excusas para recaer.
Y volví a escuchar su voz dentro de mi cabeza: “Yo soy bien resentida.”
Y luego mi respuesta absurda: “Somos.”
Entonces le escribí aquella tarde, le dejé un mensaje breve, cobarde. insuficiente.
“Han pasado un par de días y quería escribirte porque no quisiera dejar las cosas cargadas… y agradecerte todo, absolutamente todo. Espero que estés bien.”
Lo envié y me quedé mirando el teléfono como quien deja una bomba sobre una mesa elegante esperando escuchar la explosión.
Porque nadie te dice esto cuando empiezas una historia así y ocurre que hay personas que no llegan a tu vida para quedarse, llegan para convertirte en alguien que escribe de madrugada mirando una pantalla vacía, escuchando canciones tristes, fumando demasiado y preguntándose si todavía existe alguna forma digna de volver o peor aún.
Si todavía queda alguien al otro lado esperando que vuelvas.
Crónica de una despedida a las 2 a.m.
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