viernes, 10 de septiembre de 2021

Nunca Subestimes Un 'Me Quiero Morir'



¡Ah, carajo!

Aquí estamos otra vez, tú y yo, repitiendo el ritual más decadente del ser humano contemporáneo: sobrevivir otro día sin saber muy bien para qué. La vida patas arriba, el ánimo arrastrándose por el piso, y esa sensación tan familiar de que el universo ha decidido, democráticamente, tocarte los huevos.

Afuera, todos parecen brillar con una alegría casi ofensiva, como si la felicidad les brotara por ósmosis; mientras tanto, tú te quedas encerrado en tu cuarto, respirando una oscuridad espesa y un silencio tan ruidoso que casi zumba. Y ahí, en medio del desastre, descubres que el único personaje realmente perdido en esta historia eres tú. Qué sorpresa.

Las parejas se resquebrajan, los amigos hacen mutis por el foro, la familia se esfuma como si hubieran firmado un pacto de invisibilidad. Todo se desmorona con una precisión casi poética. Y tú, aguantando, calladito, como buen soldado emocional, hasta que, porque siempre hay un “hasta que”, ¡zas!, el detonante. Ese golpe final que no es una cereza del pastel, sino más bien un ladrillazo cósmico directo al cráneo.

La rabia, la tristeza, el miedo, la vergüenza… todas esas emociones llegan como una ola helada en pleno invierno limeño: te golpean sin permiso, sin aviso y sin misericordia.

Y claro, tus demonios, esos que juraste haber jubilado, vuelven con entusiasmo sindical, exigiendo protagonismo. Te susurran, te empujan, te provocan. Y tú, agotado, atrapado en un laberinto mental que no diseñaste, empiezas a coquetear con la idea más peligrosa: dejar de existir.

Ni almorzar pudiste hoy. No porque se te pasó, no, qué va, sino porque el hambre simplemente renunció. Abandonó el cuerpo. Y te dejó con ese vacío en el estómago que no es físico, es existencial; ese mareo suave que te recuerda que estás vivo, aunque no tengas la menor idea de para qué.

Y claro, aparece ese pensamiento torcido:

“Al diablo todo. Si me voy, al menos deja de doler”.

Lo sé. Has imaginado el plan, el método, la escapatoria elegante al abismo. Te entiendo más de lo que te gustaría. Todos, en algún momento, todos, hemos mirado de reojo ese precipicio silencioso.

Pero respira. Aquí viene la parte incómoda, la honesta diría yo.
Pregúntate sin maquillaje: ¿Quieres morir o solo quieres dejar de sufrir?
Exacto! Ahora sí estamos hablando.

¿Cuál es el maldito problema que necesita solución? Escríbelo. Sin filtros, sin poesía. En papel, en tu celular, en la pared si hace falta. Vomítalo, saca a flote todo aquello que perturba.

Pero antes, haz algo básico: párate y mójate la cara. O métete a la ducha más fría que permita tu dignidad. Para esta locura. Come algo. Pon música que te suba, que te mueva, que te devuelva un poquito de arrogancia divina. Y por el amor propio que aún te queda, no pongas esa playlist deprimente que conoces de memoria y que es básicamente un manual de autodestrucción musical.

Habla.
Con alguien.
Con quién soporte tus silencios.
Con quien sea que te escuche sin burlas ni sermones.
Escríbele a ese amigo que siempre vuelve.
Llama al 113 si no tienes a nadie cerca o camina a un hospital, da lo mismo: lo importante es que abras la boca y sueltes el peso.
Porque (y esto te lo digo con el corazón en mano) el suicidio nunca es la solución.

Callar te hunde. Hablar te agrieta, sí, pero también te salva.

Es un golpe seco que no solo te mata a ti: pulveriza a los que te aman (nos marca y deja una cicatriz difícil de obviar) deja respirando culpa, mucha culpa, preguntas sin respuesta, noches enteras reconstruyendo lo que nunca sabrán. Algunos quedan vivos, sí, pero no completamente. Arrastran la sombra de tu ausencia como un tatuaje que no pidieron.


Y, sin embargo, aquí estamos. Tú, intentando no romperte.
Yo, recordándote que, aunque la vida a veces sea una mierda exquisita, todavía vale la pena quedarse.
Aunque sea por curiosidad.
Por despecho.
Por rebeldía.
O simplemente para ver qué carajo pasa mañana.

 

Datos y cifras:

  • Cada año se suicidan cerca de 700 000 personas.
  • Por cada suicidio consumado hay muchas tentativas de suicidio. 
  • En la población general, un intento de suicidio no consumado es el factor individual de riesgo más importante.
  • El suicidio es la cuarta causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años.
  • El 77% de los suicidios se produce en los países de ingresos bajos y medianos.
  • La ingestión de plaguicidas, el ahorcamiento y el disparo con armas de fuego son algunos de los métodos más comunes de suicidio en el mundo




sábado, 30 de mayo de 2020

El Monstruo y yo


Ser hijo único es una desgracia cómoda. Uno se acostumbra a que todo gire alrededor de su respiración: mamá pendiente, abuela vigilante, papá ausente, pero opinólogo. Yo crecí así: un pequeño emperador sin corona, mimado, pero solo, creyendo que tenía la razón incluso cuando no tenía ni la menor idea de nada.

Pero la realeza se vino abajo el día que mis padres decidieron convertir su matrimonio en un coliseo romano. Yo, claro, fui el gladiador más barato: ese que nadie defiende, el que arrojan al centro para distraer mientras los adultos se despedazan.

Mi madre y mi abuela —las dos mujeres que Dios puso para que yo no terminara siendo un pequeño sociópata— buscaron ayuda profesional. Les agradezco: en ese punto yo era un adolescente que se escondía detrás de un cigarrillo mal prendido, con ataques de ansiedad y noches tan largas que parecían vivir dentro del insomnio.

Ahí apareció el Dr. Sáenz.Un hombre paciente, serio, que hablaba con pausas medidas como si cada frase fuese una receta. Le debo más de lo que él podría imaginar. Fue él quien pidió terapia familiar. Fue él quien vio que yo me estaba rompiendo. Fue él quien dijo: “o arreglan esto, o el chico no llega a la adultez emocional”.

Papá, naturalmente, se negó. Para él, la salud mental era un invento de débiles. Una mariconada moderna.

- ¿Psiquiatra? - gruñó.

¿Y qué sigue?

¿Qué te vuelvas artista? Yo respiré hondo. Lo gracioso es que con el tiempo sí terminaría siendo artista, solo que del desastre emocional.

La primera sesión fue en un consultorio que olía a libros húmedos y café frío.

- Gonzalo, ¿qué sientes? - preguntó.
Yo pensé en decirle: “siento ganas de desaparecer”, pero respondí lo clásico:
- Nada.

Él sonrió como si hubiese escuchado una confesión. - Perfecto. Vamos avanzando.

Recuerdo esas noches en las que yo fingía dormir en la cama de mi abuela mientras todos lloraban. Lloraban de miedo, de rabia, de nostalgia, lloraban porque llorar era lo único que quedaba. Yo estaba hecho un ovillo, conteniendo la respiración, escuchando cómo el dolor se hacía música triste en la sala. Era como protagonizar una obra de teatro sin diálogos, donde lo único libre era el llanto.

Hasta que un día, mejor dicho, una madrugada, la escena cambió.

Golpes en la puerta. Voces de vecinos. Los hombres de blanco.
Esos que llegan sin preguntar, con un formulario en la mano y una frialdad que parece que les sale del uniforme.

—¿El menor está listo? —preguntó uno, sin mirarme siquiera.
Fue entonces cuando quise correr hacia mi madre.
Me agarré de ella como quien se aferra a la última tabla antes de hundirse.
Ella me hablaba al oído, casi sin voz:
—Fuerza, Gonzalo… siempre vamos a estar juntos. Acuérdate. Siempre.

Y yo, que me creía fuerte, me rompí como vidrio.
Lloré ahí, frente a todos, sin vergüenza, porque ya no quedaba nada que ocultar.

Ese fue el día en que mis cicatrices empezaron.
Las visibles y las que no había forma de explicar.

 

El hospital de Magdalena (pabellón B3) era otra dimensión. Una mezcla entre universidad pública mal financiada y cárcel emocional. El olor era una mezcla de cloro barato, leche recalentada y desesperación humana.

Las paredes parecían oyentes.
Los pasillos, túneles.
Las ventanas, excusas.

Allí conocí a Mishino.
No sé si era su nombre real o si me lo inventé, pero le quedaba perfecto: tenía algo de perro callejero, algo de juglar y algo de filósofo frustrado.
- Agáchate, causa - me dijo la primera vez con sus ojos para abrazarlo.
Yo me reí. Y desde ese día, caminamos juntos.

Le daba las migajitas de pan con leche que guardaba en el bolsillo. Él las aceptaba como si fueran monedas de oro. Me seguía a todas partes, no por hambre, sino por lealtad. Era mi sombra. Mi animal totémico en un pabellón lleno de almas quebradas.

Entre esas paredes descubrí que la locura no tiene rostro, tiene ritmo.
Un chico repetía salmos.
Una señora pedía perdón en voz baja.
Un hombre hacía cálculos invisibles con los dedos.

Y yo… yo leía.
Leía como si los libros fueran salvavidas.
Leía a Camus, a Unamuno, y aunque tenía apenas catorce años, ya sospechaba que un día iba estudiar filosofía para entender o ahondar un poco más en el por qué carajo existimos.

 

A veces veo personas caminando despacio, como arrastrando el alma.
Los ojos perdidos.
El cuerpo aquí, la mente quién sabe dónde. Y los reconozco.
No porque estén tristes.
Sino porque están peleando con alguien que nadie más ve.

El monstruo no grita: susurra.
No ataca: espera.
Y siempre gana si te agarra desprevenido.

A veces queremos ayudar, pero no sabemos cómo.
Decimos tonterías:
“Ánimo”,
“Tú puedes”,
“No estés así”.
Como si el dolor obedeciera órdenes.

Y si dices que tienes cáncer, todos te abrazan.
Pero si dices que tienes una enfermedad mental, todos te miran como si trajeras dinamita en los bolsillos. (y quizás tengan razón)

La gente teme lo que no entiende.
Y muchos no suelen entender la mente.

 

Yo pasé por eso.

La universidad fue mi segundo campo de batalla.
Llegué con ganas de destacar, de reinventarme.
Pero la sombra del diagnóstico me siguió.

-  Ah, tú eres el chico del psiquiátrico - escuché una vez.
Y descubrí que el estigma es más fuerte que la terapia.

Pero también encontré aliados:
Un profesor que me dijo:
- Gonzalo, el sufrimiento es combustible. Sólo tienes que usarlo bien.
Ese día decidí escribir.

Y así, sobreviví.
A mis humores. A mis recaídas. A mis noches sin dormir.
Al estigma.

Hoy, a mis 24 años, puedo decirlo sin vergüenza:
el tratamiento me salvó.
La terapia me ordenó.
Los años me hicieron menos cruel conmigo mismo.

Y el monstruo…
ah, el monstruo…

Ya no me persigue en las noches.
Ahora se sienta conmigo, conversa, toma café.
Hacemos las paces cada cierto tiempo.
A veces incluso lo dejo leer mis libros.

Después de todo, ese monstruo también soy yo.

Y si sigo aquí, escribiendo esto, respirando esto, viviendo esto…
es porque aprendí que uno no elimina sus monstruos: los domestica, los cuida, los convierte en historia y algún día (con suerte) los convierte en textos.



lunes, 4 de mayo de 2020

La Deuda de la Prostituta



La crisis viene ocupando mayor tiempo y va  azotando este lugar, casi toda la población tiene deudas y viven a base de créditos, prácticamente sobreviviendo el día a día y llenos de estrés. (nada fuera de la realidad que vivimos ¿verdad?)

Por fortuna llegó un millonario que ostentaba tener mucho dinero, él se dirige hacia el único pequeño hotel del lugar, pide una habitación, pone un billete de 100 dólares en la mesa de la recepcionista y se va a ver las habitaciones. (Aún no acepta hospedarse, pero solicita observar la calidad de las habitaciones).

1- El dueño del hotel agarra el billete y se dirige corriendo a pagar sus deudas con:
2- El carnicero, éste a su vez, toma el billete y sale corriendo a pagar su deuda con:
3- El criador de cerdos, quién luego de recibir el dinero paga lo que debe al:
4- El dueño del molino quién es proveedor de alimentos para animales, éste proveedor revisa el dinero y corre a culminar su deuda con:
5- María, la prostituta del pueblo, quién en tiempos de crisis ofrece sus servicios a crédito y con la cual llevaba una deuda de tiempo. Ella, billete en mano va a pagar al pequeño hotel donde había llevado a sus clientes las últimas veces y que todavía no había pagado, ingresa por la puerta y entrega los cien dólares al dueño del hotel.

En este momento baja el millonario, quién durante todo ese tiempo estuvo revisando las habitaciones y dice que ninguna lo ha convencido para quedarse en el pueblo, observa, coge el billete y se va.

Ninguno de los personajes enumerados del 1 al 5 gastó un solo dólar, sin embargo, todos ellos lograron pagar sus deudas y con ello, llevar una convivencia sana y libre de conflictos emocionales.

Contextualizando

Esta historia la escuché en clases, recuerdo haber fijado la mirada cuando empezamos a hablar sobre emprendimientos y startup peruanas, de pronto el profesor empezó a relatar y contar detalles con tal frenesí que tardó varios segundos en notar que la clase estaba con él, muy al pendiente de saber toda la trama de aquel titulo disruptivo que nos mencionó al empezar el relato.

Aquella lectura quedó marcada indiscutiblemente en muchos de nosotros, ha sido el tema de conversación en la última videoconferencia  y nos permitió generar mayor consciencia y debate sobre nuestro rol de consumidores.

Debemos impulsar a que el dinero circule dentro de la economía local fomentando así su desarrollo, pero esto solo será factible apoyando a los emprendimientos como también al consumo local, para ello, cada  uno de nosotros cumplimos un rol importe, un rol de promotor y agente de cambio.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

El duelo


El duelo se convierte en una batalla constante donde solemos terminar presos del frenesí.

Existen dos tipos de duelo: aquel considerado normal, y otro, el más grave; el patológico.
La diferencia radica en el tiempo, el común se manifiesta y termina aproximadamente en seis y ocho meses, el patológico se alarga en el tiempo.

Se podría decir, que las fases del duelo son negación, tristeza profunda, culpa, rabia y aceptación. Pero esto no aplica para todos, hay casos donde las emociones se triplican en comparación con personas regulares, por eso el duelo es patológico, incontrolable y las ganas de aislarse persisten.

-¡Gonzalo!Intenta volver a escribir , regresa a aquellos espacios donde te sentías cómodo - dijo el psicólogo casi al culminar la sesión. Cerré los ojos  y el papel comenzó a teñirse.

(texto escrito) 15:35:10  viernes de mayo
Cuando encuentras tiempo para ti solo, en realidad no lo estás, en tus pensamientos hay personas, gente de mierda atormentando, acusando, juzgando y golpeando tu cerebro, jugando con serotonina y dopamina, matándolas, dejándolas casi ausentes, desapareciendo, pocas conexiones, mucha tristeza. Mucho sonido, ruido de chillidos, sin dar oportunidad al silencio, a la quietud, al bienestar, paz del corazón, paz de las almas; ¿Dónde está? ¿ Dónde está mi paz?

Mi mar en quietud, el cielo despejado,  mi dirección correcta, mi sonrisa... ¿mi sonrisa? pero dicen que todo es un sueño, no pasa realmente, eres parte de la alucinación de un hombre drogado, eres imagen antigua. ¿Soy un buen delirio?

- ya despierta-




miércoles, 3 de junio de 2015

Feliz día Desconocido

De todos modos, habían pasado muchos años sin su llamada y empezaba la mañana feliz de un mal día porque este día un hombre que se jacta por ser feliz, destruía nuevamente el amor de un niño de once años.

Gracias papá por nunca haber estado a mi lado a la hora de una festividad como hoy, por permitir que me sienta mal durante estos días, como cuando solía quedarme con aquel regalo que muy entusiasmado preparaba junto a los amigos de primaria, en verdad, te pasaste.

Gracias por desaparecer todos los recuerdos que creé en mente sobre ti, por hacerme olvidar que en algún momento regresarías por aquella calle a tres cuadras de la esquina. ¿Ahí solías llevarme a comprar dulces?

Gracias por demostrar que podía seguir adelante sin tu imagen al lado, por enseñarme sin que lo hayas pensado a vivir, a madurar y a tratar de entender lo que un niño desde los seis años no está acostumbrado. No negaré que sobrellevé muchos sucesos, entre ellos recuerdo los juegos forestales, todos asistían con ambos padres, pero yo te inventaba una enfermedad, esa fue mi manera de excusar tu ausencia en cada evento. Te he querido mucho ¿no?, puede parecer curioso, pero ambos sabemos que todo cansa.

Gracias porque sin querer me refugié en lo oscuro de una enfermedad.

No pidas un respeto que nunca enseñaste, no reclames una llamada para saludarte porque yo pedía las pedías de manera recurrente y nunca cediste, ahora te empeñas en la necesidad de una reconciliación cuando ves frutos que nunca cultivaste, me jode no saber quién de nosotros es más injusto.

Aún recuerdo la última Navidad, estás ahí sonriendo, pidiendo que habrá aquel regalo que prometiste enseñar a manejar. -No llores huevón, porque yo lloré mucho más por las caídas- A mí no me enseñaron a manejar mis tíos, ni los padres de mis amigos. Lo aprendí solo. 

¿Es tarde no?

Gracias por los espacios en las fotos, sin quererlo tus últimas imágenes desaparecieron, ocurrió sin querer cuando lloraba mientras las lágrimas caían sobre aquellas fotos que escondía en una pequeña caja por el cuarto de la azotea, aquella azotea que solía recibirme cuando me fregaba en llanto preguntándome el porqué de tu decisión, y en la inocencia juraba pensando que tú nos buscarías.

 Así se borró tu recuerdo con mis lágrimas.

Gracias por no haberme pegado cuando decía que estabas enfermo o que habías salido de viaje. Me enseñaste a cubrir muy bien los vacíos, fíjate, después de todo aprendí que te necesitaba demasiado, pero asumí que era demasiado.

Había idealizado tanto tus llamadas que hoy las espero con normalidad. Te imaginaba preguntando por mí, indagando actos para cuestionar mis rumbos, para decirme o aunque no lo creas para que me grites o si es que te parecía lo correcto; golpearme.

Pasé varios momentos pensando en portarme mal con el fin de llamar tu atención, de que me recurrieras pero fuiste un completo desconocido, nunca vi tu sombra en el hospital, nunca escuché tus pasos en las noches, nunca llamaste al celular, nunca te dignaste a hablarme de la masturbación, nunca recibiste las cartas que te dediqué, nunca supiste que gracias a ti empecé a escribir, nunca me has escuchado recitar, nunca te has alegrado con mis calificaciones, nunca me has perdonado de nada porque nunca supiste nada de mí y todo eso porque no buscaste maneras de llegar.

¿Por qué tanta farsa oculta tras una sonrisa?

Mis exámenes con notas aprobatorias fueron la consecuencia de querer demostrar lo orgulloso que podías haberte sentido, pero me recordabas que todo era en vano.

Gracias por tu mínima resistencia a mi olvido, por dejarte morir con algún personaje y por el grado de madurez que adquirí por ti.

¡Gracias por todo Pá!

lunes, 8 de septiembre de 2014

Porlas

Por las esquinas estuve vagando cual loco calato en busca de mugre. Por las mañanas en las que me perdía en ti, como cuando fumaba tratando de olvidar todo… jamás resultó.

Por las esperanzas que creó mi titiritero en alguna laguna gris, aquella misma que cumple el rol de sepulcro de penas cuando me abandono cerca de algún nuevo inicio y cada vez es más frecuente. Por las calles que nunca recorreré a tu lado. Por las veces que te pediré perdón no existiendo culpables, peor aún, sabiendo que nunca responderás.

Por las historias que creamos sin haberlo planeado; soy yo quien te rinde homenaje, sé que sientes orgullo al saber que no pierdo rumbos y que ando cual marinero en busca de nueva tripulación.

Por las veces que me llegó esperar sentado, fingiendo esperarte. Por las carencias de un abrazo fuerte que quise volver a encontrar.

Por las veces que no quise escucharte y que día a día son las cadenas que arrastro. Por las palabras tan mierda que solíamos repetir. Por las semillas de afecto que sembramos en febrero de hace diez años, siendo pequeños majaretas que no sabían entender.

Por las visitas a círculos que nunca quise acceder, siendo desde pequeño un completo antipático. Por las tardes oscuras de parque donde siempre fui el vencedor, fui yo quien nunca lo quiso asimilar. Por las veces que quería salir ganando en todo y en las cuales ustedes me aceptaban como tal.

Por las veces que callo tanto para quedar bien ante cualquier episodio. Por las ganas de pensar que mañana estarás nuevamente a mi lado, simplemente hasta hoy no es fácil.

Por las noches en las que me afano en recurrir a que me protejas, porque aunque no lo creas no soy el mismo de antes. Por las veces que pienso pedirte que me dejes ir en paz, sacando de la mente aquella imagen tan cruel de despedida.

Simplemente por las escribo todo esto, sabiendo que nunca lo leerás. 


Y así, en este laberinto de textos, elaborados por recuerdos y susurros, me encuentro, buscando respuestas en un universo que parece negarme la salvación. Pero al final del día, sé que el viaje vale la pena, porque en el eco de nuestras memorias y en la melodía de nuestros suspiros, encuentro la esencia misma de lo que significa por siempre una amistad. Porque aunque los días se desvanezcan en la penumbra del olvido, nosotros somos inmortales, una chispa eterna en el vasto universo del tiempo. 

La vida es jodida, ¡sí! y nos llevará por caminos inesperados, muchas veces, encontrándonos con desafíos que parecen insuperables. Pero, vamos, en esos momentos difíciles es cuando más brillamos. Porque no estamos solos. Hay amor y apoyo a nuestro alrededor, incluso cuando no podemos verlo. Y aunque perdamos a nuestros seres queridos, su amor y su legado siguen viviendo en nosotros, dándonos fuerzas para seguir adelante.

Así que si estás pasando o recordando una situación similar, levanta la cabeza, ponte tus mejores zapatos y sigue caminando con la cabeza en alto. Porque aunque extrañemos a aquellos que han partido, su amor nos acompaña en cada paso que damos, iluminando nuestro camino y recordándonos que nunca estamos solos en este vasto universo. Porque al final del día, el amor es lo único que perdura, trascendiendo el tiempo y el espacio, y recordándonos que somos más fuertes de lo que creemos. Así que brinda por los recuerdos, por favor, y sigue adelante con la confianza de que los mejores momentos  siempre prevalecerán.

Mi hermano  "Tomate"

lunes, 1 de septiembre de 2014

Papeles Perdidos

Papeles Perdidos

Recuerdo que me encontraba perdido en mis pensamientos, caminando por una de las aceras del aeropuerto, cuando de repente, como un destello en medio de la oscuridad, ella apareció.

Su presencia era como una bocanada de aire fresco en medio del sofocante calor urbano. Sus ojos, profundos como el océano en calma, me atraparon al instante. No pude evitar sentir una extraña conexión con ella, como si nos conociéramos de toda la vida, aunque en realidad acabábamos de vernos por primera vez.

Al principio, me aferré con todas mis fuerzas a mi coraza emocional, tratando de protegerme de cualquier sentimiento que pudiera vulnerarme. Había aprendido a base de golpes a desconfiar del amor y a mantenerme alejado de cualquier compromiso emocional. Pero ella era diferente, desafiaba todas mis barreras con una determinación que me dejaba sin aliento.

Cada vez que intentaba mantenerme distante, ella encontraba la manera de acercarse un poco más, de desarmar mis defensas con una sonrisa traviesa o una mirada cargada de complicidad. Era como si supiera exactamente qué botones presionar para hacerme caer rendido a sus pies.

Te confesaré algo que nunca he admitido en voz alta: al principio, me resistí con todas mis fuerzas a dejarme llevar por lo que sentía por ella. Me repetía a mí mismo una y otra vez que no podía permitirme ser vulnerable, que tenía que protegerme a toda costa de cualquier herida emocional. Pero cuanto más intentaba alejarme, más fuerte se volvía la atracción entre nosotros.

Fue como si el destino se empeñara en unirnos, como si estuviéramos destinados a encontrarnos en medio del caos y la confusión. Y aunque al principio luché con todas mis fuerzas contra lo que sentía, al final no pude resistirme a la fuerza arrolladora del amor.

Como muchas historias la nuestra también podría haber sido el argumento de una película, llena de giros inesperados y emociones intensas. Éramos el ejemplo perfecto de lo que la sociedad consideraría un juego prohibido, dos almas destinadas a estar juntas pero separadas por circunstancias fuera de nuestro control.

Ella, la amiga de mi ex, yo, el ex de su amiga. Podría haber sido el escenario perfecto para un drama lleno de traición y desengaño, pero en cambio, lo que encontramos fue amor y complicidad. Descubrimos que las reglas del juego estaban hechas para romperse, que el corazón no entiende de etiquetas ni de convencionalismos sociales.

No puedo negar que al principio me resistí con todas mis fuerzas a dejar que ella entrara en mi vida de esa manera. Había aprendido a base de golpes a protegerme de cualquier sentimiento que pudiera lastimarme, a mantener una distancia segura con respecto a las personas que me rodeaban. Pero ella era diferente, desafiaba todas mis expectativas con una determinación que me dejaba sin aliento.

Poco a poco, fui bajando mis defensas y permitiéndole entrar en mi mundo interior, mostrándole cada parte de mí, incluso las más oscuras y temibles. Y lo que encontré fue que ella no solo aceptaba mis imperfecciones, sino que las abrazaba con amor y comprensión. Juntos, descubrimos que el verdadero amor es capaz de superar cualquier obstáculo, incluso los muros que nosotros mismos hemos construido para protegernos.

El amor no es un cuento de hadas, ni una fantasía perfecta. Es una montaña rusa de emociones, con sus subidas vertiginosas y sus bajadas aterradoras. Pero a pesar de todas las dificultades, el amor verdadero es capaz de mantenernos firmes en medio de la tormenta, de darnos fuerzas para seguir adelante incluso cuando todo parece estar en contra nuestra.

Con ella aprendí que el amor no es solo una ilusión pasajera, sino una elección consciente que hacemos cada día al despertar. Aprendí que el amor verdadero no es solo un sentimiento, sino una decisión de compromiso y entrega mutua. Y aunque a veces el camino sea difícil y lleno de obstáculos, sé que juntos podremos superar cualquier adversidad que se interponga en nuestro camino.

Uno de los mayores regalos que ella me dio fue el aceptarme tal como soy, con todas mis imperfecciones y defectos. En un mundo que constantemente nos bombardea con imágenes de perfección y belleza irreal, encontrar a alguien que nos ame incondicionalmente, con todas nuestras fallas y debilidades, es un tesoro invaluable.

Con ella aprendí que el amor verdadero no busca cambiar al otro, sino aceptarlo tal como es, con todas sus virtudes y defectos. Aprendí que ser vulnerable no es una debilidad, sino una muestra de valentía y honestidad. Y aunque a veces nos cueste trabajo aceptarnos a nosotros mismos, sé que con su amor y su apoyo podremos alcanzar nuestra mejor versión.

Una de las cosas que más admiro de ella es su infinita paciencia y su capacidad para entenderme incluso en mis momentos más oscuros. A pesar de mis errores y mis fallos, ella siempre está ahí, dispuesta a escucharme y apoyarme en todo lo que necesite. Es como si supiera exactamente qué decir en cada momento, como si pudiera leer mi mente y mi corazón con solo mirarme a los ojos.

Con ella aprendí que el amor verdadero no es solo una cuestión de sentimientos, sino también de compromiso y sacrificio. Aprendí que amar es mucho más que un simple acto de romanticismo, es una decisión consciente de estar ahí para el otro en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza.

Hemos vivido momentos inolvidables juntos, momentos que atesoro en lo más profundo de mi corazón. Desde las risas compartidas hasta las lágrimas derramadas, cada instante a su lado ha sido una lección de vida, un recordatorio de lo hermoso que puede ser el amor cuando se vive con intensidad y autenticidad.

Y aunque sé que el camino no siempre será fácil, sé que mientras estemos juntos podremos superar cualquier obstáculo que se interponga en nuestro camino. – decía la carta 3 días después de la ruptura.

 --------

Después de nueve años, aquella carta volvió a cobrar valor. Ella regresó a mi vida, lista para retomar todo lo que habíamos dejado atrás. Luego de meses de interactuar por redes acordamos en citarnos en un bar de Pueblo libre y no nos soportamos por más de cuarenta y siete minutos, en ese momento supe que aquel amor no tenía absolutamente nada por delante, no había necesidad para generar continuidad.

Mientras la veía, re-confirmé que todo había cambiado entre nosotros y a pesar de que hubo un abrazo con fuerza, como si nunca hubiéramos estado separados, el tiempo nunca dejó de pasar, nunca se detuvo como ella quizás lo quiso pensar.